• Caracas (Venezuela)

Adolfo P. Salgueiro

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Reflexiones desde el imperio

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Estamos en “el imperio”, no recibiendo orientación política ni cobrando el cheque que –según algunos– nos proporciona la CIA, sino en la muy importante  peregrinación de visitar a tres hijos y seis nietos que desgraciadamente forman parte de la ya significativa diáspora venezolana.

Bastantes de las conversaciones que mantenemos con compatriotas, la mayoría de ellos profesionales jóvenes de altísima calificación e importantes responsabilidades, desemboca en la afirmación de ellos en el sentido de que la Asamblea Nacional  “no está haciendo nada”, por lo que empieza a nacer la incipiente frustración que en buena  y lamentable medida también encuentra acogida en Venezuela.

Hemos hecho esfuerzos para explicar los mil y un obstáculos que un gobierno en pleno desespero ha puesto, está y continuará colocando para neutralizar el verdadero poder popular representado en la Asamblea Nacional.

 A los norteamericanos también les cuesta mucho entender que el Tribunal Supremo de Justicia sea una agencia del Ejecutivo. Su formación cívica los lleva a creer casi como axioma que si una corte sentencia que una ley es inconstitucional ello pueda ser resultado de la sumisión política perpetrada por jueces cuya designación está sujeta a motivos de descalificación. Sin embargo, cuando detallamos varias de las recientes decisiones (emergencias, diputados de Amazonas, BCV, amnistía, etc.) y pasamos revista a algunas de las argumentaciones que fundamentan las mismas, pues es entonces cuando cae el velo y deja al desnudo la incredulidad, especialmente con los episodios de los últimos días que pretenden desconocer la Ley de Amnistía mientras que paralelamente se activa una tal “Comisión de la Verdad”  oficialista bajo el paraguas de Unasur y con la alcahuetería tarifada del Sr. Samper cuya hoja de vida suscita reservas. ¿Comisión de cuál verdad?, pregunta  justificadamente monseñor Ovidio Pérez Morales.

Es cierto –y a la vez lamentable– que los temas políticos y éticos de fondo, los que dan o quitan vigencia al sistema democrático, no son los que suscitan el interés de las grandes mayorías ocupadas en las colas y en la lucha diaria por procurarse comida, medicinas, servicios, etc. Tal como nos lo expresó una mujer de pueblo: “Ojalá que a Leopoldo lo liberen, pero la verdad es que a mí me interesa más que aparezca la harina precocida y mi medicamento para la hipertensión”. ¿Podemos ignorar o menoscabar ese clamor?

Cuando se descubre que para entregar bolsas de comida a través de las redes públicas se requiere firmar contra la Ley de Amnistía, ¿podemos acaso criticar la deformación de las prioridades y concluir que la Asamblea no ha hecho nada?

Sin embargo, pese a lo anterior, es cada día más evidente que la presión dentro de la olla aumenta y que todas las válvulas de seguridad se cierran. No se requiere ser adivino para anticipar que algo grave pueda suceder. Ya las señales de aviso van apareciendo en los incidentes de violencia que ocurren en las colas, los saqueos, los linchamientos y demás focos de alarma que día a día se reportan.

Entretanto, el gobierno nacional que consiguió decretar la emergencia económica desconoce la existencia de la emergencia humanitaria y por tanto rechaza la ayuda que desde el exterior está lista para ser enviada. Hasta han tenido el tupé de encomendar al represente ante la OEA (Bernardo Álvarez) un discurso según el cual la patria de Bolívar está suficientemente abastecida de medicinas e insumos hospitalarios como para permitir que “potencias extranjeras” nos pretendan invadir con dosis de quimioterapia, catéteres y fórmulas lácteas infantiles. Bernardo, date una vueltica por Caracas o por tu Carora natal ¡pa’ que veas!

Desde esta columna secundamos el enésimo pedido de la Conferencia Episcopal instando al diálogo. Si no le quieren hacer caso a los curas venezolanos que “tienen el diablo debajo de la sotana” (Chávez dixit), por lo menos oigan al papa Francisco, a quien todavía parecen respetar y a quien  la inefable Delcy aún no ha incorporado a la lista de injerencistas ni Maduro a la categoría  de “basura”.

A quienes desde el exterior nos honran leyendo nuestras reflexiones semanales, los instamos a analizar el día a día del venezolano de a pie dentro del marco y en el clima que se vive en nuestra patria y no desde la diferente realidad que los arropa en el lugar donde han encontrado tranquilidad y futuro.