• Caracas (Venezuela)

Adolfo P. Salgueiro

Al instante

Ponerse peligroso para que te paren

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Cierto es que Corea del Norte 2016 no es lo mismo que Alemania 1933, pero lo que sí es igual es la indiferencia con la que el mundo (salvo los interesados directos) tomó las noticias sobre desarrollo de armas de destrucción masiva, la violación de derechos humanos y demás atrocidades que en la Europa de entonces fueron el preludio de la mayor desgracia vivida por la humanidad en toda su historia. La excusa de la soberanía siempre es muy socorrida para justificar los tortuosos caminos que algunos países asumen y la misma excusa sirve también  hoy para que muchos otros ignoren –o hasta justifiquen– esos excesos.

En días pasados, con motivo del recuerdo del aniversario del holocausto padecido por judíos y otros durante la Segunda Guerra Mundial, la Asamblea Nacional ofreció la tribuna de oradores al señor Hilo Ostfeld en su condición de sobreviviente de la tragedia genocida desatada por el nazismo. En su impactante intervención Ostfeld afirmó que la mayor complicidad para las malas acciones no es solo dejar que se lleven a cabo sino –peor aún– la indiferencia de quienes prefieren mirar para otro lado. El aplauso que coronó la intervención no tuvo coloración por bancadas parlamentarias: fue de pie y unánime.

Los venezolanos –en otra escala, afortunadamente– tenemos alguna experiencia en la materia. Durante los primeros años del chavismo el discurso atractivo de igualamiento social, aderezado con generosos financiamientos, mucho sirvió al régimen para engatusar a amplios sectores gubernamentales, ONG y ciudadanos de a pie con la esperanza de reivindicaciones que –a no dudar– eran y son necesarias aún en el continente y en el mundo.

Con el paso de los años el encantamiento fue mermando y con el desinflamiento de la ubre venezolana algunos fueron tomando nota –generalmente coincidiendo con la falta de financiamiento– de que algo andaba mal. Hasta países democráticos, como Argentina, Brasil, España y otros, privilegiaron por mucho tiempo la obtención de grandes contratos para sus corporaciones por encima de valores de mayor jerarquía, pero menor palpabilidad. Al día de hoy el escenario ha cambiado y es la hora en que los reclamos son cada vez más frecuentes y altisonantes, lo cual se traduce en que la pobre señora que conduce la Cancillería debe dedicar todo su tiempo a protestar y desmentir en forma destemplada la catarata de declaraciones críticas provenientes de todas partes del mundo.

Pero volviendo a Corea del Norte –que tuvimos ocasión de visitar en 1988– ha comenzado una vez más el ciclo de chantaje internacional con que ese país maniobra cada vez que su situación de carencias internas (hambruna) lo requiere.

Hoy la prensa nos dice que Pyongyang ha vuelto a arrancar una central nuclear, que ha reinstalado su capacidad de producir plutonio y además –confirmado– que ha disparado un misil de larguísimo alcance, capaz de transportar armas nucleares. Japón, China, Corea del Sur y otros han encendido las alarmas.

La dinámica ya conocida en cada ciclo anterior tiene como guion la amenaza –cada vez más creíble– de que el país tiene la capacidad de desatar un conflicto con armas nucleares y a partir de esa percepción generar temores que derivan en alguna serie de reuniones que terminarán intercambiando la promesa de portarse bien con la de otorgar ayuda alimentaria masiva, todo ello sin compromiso alguno de democratizar la vida ni respetar derechos humanos. Así se vuelve a alimentar el monstruo y arranca el nuevo ciclo. Así ocurrió con Hitler cuando Munich (1938), cuando Polonia (1939), cuando el pacto Molotov-Ribbentrop (1941) y los demás engaños con los que dirigentes de alto voltaje han embaucado al colectivo humano que ha debido varias veces pagar un alto precio. ¿Dejaremos que lo mismo vuelva a ocurrir a nuestra vista y aceptación?