• Caracas (Venezuela)

Adolfo P. Salgueiro

Al instante

Política a corto y a largo plazo

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En un país polarizado al máximo, como la Venezuela de hoy, donde la principal y casi única ocupación de una parte importante de sus habitantes es la procura de sus alimentos y las piruetas para estirar los sueldos, es natural que la gente no esté pendiente de los grandes desafíos que tienen lugar en el mundo y en la región, los cuales sin duda han generado y seguirán generando consecuencias que a todos nos alcanzarán en algún momento. Ocurre, sin embargo, que esas  consecuencias trascienden el marco de lo inmediato y, además, su comprensión requiere un cierto nivel cultural e información que por lo general excede el de la mayoría de la población no solo en nuestro país, donde la disponibilidad de harina precocida ocupa toda la energía de la gente, sino también en otras áreas del mundo donde los niveles educativos harían suponer que pudiera haber mayor comprensión.

Entre esos temas ocupa un lugar importante el del desarrollo económico ya sea a través de la versión del libre comercio, de los esquemas de integración y/o mezclas de ambos. Cuando estos asuntos se han puesto a la consideración del público la reacción inicial casi siempre ha sido de diversos grados de rechazo. A los políticos (con P minúscula) les viene como anillo al dedo el argumento de que se perderán puestos de trabajo, se comprometerá la soberanía nacional, se acrecentará la desigualdad social etc. A quienes son líderes –y por tanto conducen el rebaño en vez de seguirlo– les toca la responsabilidad de poner en marcha esos grandes proyectos enfrentando toda clase de acusaciones y, en ocasiones, exponiendo sus carreras políticas. Prueba de ello es el hecho de que en casi ningún país de nuestra región los esquemas de integración económica han sido aprobados por referéndum popular sino a través de legislación especial emitida por los órganos de gobierno en los que –al menos idealmente– se sientan los ciudadanos que representan la élite política (en el buen sentido). En casi toda la Unión Europea ha ocurrido lo contrario, aunque también allí se ha presentado en forma áspera el debate que desde hace tiempo enfrenta a los integracionistas con los que se llaman “euroescépticos”, que en países como Francia e Inglaterra no son pocos.

En el caso de Venezuela, su primera incursión en el ámbito de la integración fue en 1969 con el Pacto Andino que ya había arrancado entre otros países del área y en el cual el nuestro no quería participar en el entendido de que al momento estábamos mejor que los otros y por tanto nada iríamos a ganar. Afortunadamente, una clase política –de todos los partidos– consciente de su responsabilidad histórica logró –tardíamente– incorporar a Venezuela en el esquema del cual se obtuvo buen provecho hasta que Chávez (también sin consulta popular) decidió retirar a Venezuela. Lo mismo –pero al revés– ocurrió con Mercosur, ALBA y Petrocaribe, en los que nuestro país fundó o se incorporó a esquemas que le imponen importantes responsabilidades internacionales que el grueso de la población desconoce y –si acaso– solo sabe que se trata de regaladeras destinadas a servir un proyecto político cuyas dimensiones exceden en mucho las  posibilidades de nuestro país.

En el mundo de hoy, totalmente interdependiente, ya las cosas no se pueden medir por su efecto al momento. Ejemplo es el caso de Mercosur, que habiendo sido bastante exitoso se encuentra actualmente en situación crítica motivado a la desaceleración de la economía brasileña que se traduce en impacto a la economía argentina etc. Tan es ello así que el candidato perdedor en la última elección presidencial de Brasil, Neves, planteaba como punto central de su plataforma la reevaluación de la conveniencia de permanecer en Mercosur. Hoy día, en la propia Europa, el primer ministro británico, Cameron, ha asomado la posibilidad de convocar a un referéndum para que los votantes decidan si desean o no que el Reino Unidos permanezca en la Unión Europea. A casi nadie se le ocurrían estas ideas mientras la Unión iba viento en popa pero –otra vez– los ciclos de crisis suelen ser independientes de los plazos en que deben realizarse elecciones en los países democráticos.

Lo anterior sirve también para ilustrar el caso de la conversación telefónica entre dos ciudadanos venezolanos, ilegalmente interceptada, acerca de la posibilidad de que en un futuro Venezuela pudiera tener que recurrir al auxilio del Fondo Monetario Internacional y/o del Banco Mundial. La pertinencia o no de esa iniciativa no ha sido ni es el fondo del escándalo que se ha desatado. En nuestro mundo al revés no es importante que en un programa de televisión conducido nada menos que por el presidente de la Asamblea Nacional se haya divulgado una conversación obtenida en forma ilícita, sino que se ha dado prioridad al aspecto ideológico y de política electorera de corto plazo que se pueda obtener de cara a unas elecciones cercanas que no pintan bien para el oficialismo. La estrategia es obvia: el supuesto provecho político inmediato frente a la terca realidad que tarde o temprano habrá que enfrentar cuando todas las fuentes de ingreso de divisas estén agotadas y solo el FMI pueda ayudar a resolver la cuestión imponiendo –como es natural– algunas condiciones. En Grecia el populismo oficial convocó a un referéndum para que el pueblo se pronunciara acerca de la austeridad exigida a Atenas por quienes eran llamados a financiar la recuperación económica. Como era de esperarse, triunfó el populismo y el plan fue rechazado. Al final del cuento los griegos tuvieron que tragarse sus aspiraciones y aceptar que en épocas de crisis no es posible elegir el salvavidas con el que uno va a asegurar la supervivencia. Sugerir que en Venezuela pudiera considerarse esa alternativa luce como suicidio político. Esperemos unos meses para ver hasta dónde nos lleva el río.