• Caracas (Venezuela)

Adolfo P. Salgueiro

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OEA: ¿Ganamos o perdimos?

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La política es sin duda una de las ciencias menos exactas que existen o –para decirlo mejor– menos previsibles. La variante internacional comparte esa descripción y en muchas oportunidades la excede, dando lugar a la famosa e irónica sentencia de que la misma suele prestarse para que muy extraños compañeros de ruta puedan compartir una misma cama.

Ejemplo al caso es la reciente reunión del Consejo Permanente de la OEA convocada a pedido nada menos que de Venezuela, país que desde que es conducido por quienes reescriben nuestra historia no se han cansado en denostar describiéndola como “Ministerio de Colonias de los Estados Unidos” inútil, complaciente y demás epítetos que no reflejan mucho aprecio por una de las mas antiguas organizaciones internacionales del mundo y ciertamente de nuestro continente.

Quienes en los últimos años se han quejado ácidamente de que la OEA es intervencionista, que pretende ignorar o menospreciar la “sagrada soberanía” de las naciones que la componen y toda la demás cantinela que se deriva del primitivismo político, ahora resulta que de golpe sí pasa a ser el foro al cual hay que recurrir para denunciar presuntos golpes tramados por la oposición y la complicidad del secretario general, el mismo Almagro que Venezuela apoyó entusiastamente hace apenas poco mas de un año creyendo que por que era canciller de Pepe Mujica iría a ser un militante bolivariano tipo Insulza o un Samper quien –ese sí– desde su cargo en Unasur actúa como vocero del chavismo/madurismo, aventando desde allí el reconcomio que abriga contra los Estados Unidos que revocaron su visa por razones y/o sospechas “non sanctas”.

La OEA que siempre fue mala resultó buena en 2009 para excluir a Honduras de sus filas cuando un golpe constitucional (muy poco prolijo, por cierto) destituyó a Zelaya, la Carta Democrática hoy impugnada por injerencista sí fue buena en Abril de 2002 cuando el “difunto” fue brevemente desplazado de Miraflores en abril de 2002 y no fue obstáculo cuando la evolución del pensamiento continental aconsejó la readmisión de Cuba, antes excluída por mala conducta. El Consejo Permanente, que en su momento fue objeto de agrias controversias por haber considerado la posibilidad de dar la palabra a María Corina Machado desde la delegación panameña, no fue suficiente precedente para que en la Asamblea General la delegación venezolana –sin aviso ni notificación previa al anfitrión– hubiera cedido las últimos minutos de su tiempo de micrófono a un independentista puertorriqueño, quien en su Estado apenas representa el 2% de la preferencia electoral para lanzar su minoritario reclamo. Tampoco la soberanía paraguaya fue obstáculo para el entonces canciller Maduro, en 2012, cuando se puso a alborotar a los militares locales para ignorar el juicio político decidido por el Senado de aquel país destituyendo al presidente Fernando Lugo, ni mucho menos para opinar ahora en 2016 cuando las instituciones brasileñas adelantan un juicio contra la presidente Rousseff que amerita la desaprobación del ALBA.

En cuanto a que durante la sesión del Consejo Permanente de la semana pasada no se decidió invocar la Carta Democrática Interamericana hay quienes creen que resultó en un triunfo de la diplomacia bolivariana –de la mano del asqueroso discurso de la canciller (con minúscula) Rodríguez– y quienes opinan que, en definitiva, sí se han abierto puertas para mejorar la posibilidad de un diálogo político en Venezuela.

Quienes creen que el gobierno de Venezuela ganó la partida se afincan en el hecho de que en definitiva no se llegó a una votación y, por tanto, no se decidió la invocación de la Carta Democrática Interamericana, archivando o posponiendo el tema momentáneamente. Es evidente que las democracias continentales aparentemente no consideran que haya llegado el momento de madurez para la invocación del instrumento. Salvo el secretario general Almagro y Estados Unidos, nadie se atrevió a llamar las cosas por su nombre ni a reconocer que Venezuela vive un déficit democrático devenido ya en abierta dictadura y, de paso, el tema quedó fuera de agenda, suponemos que hasta que los venezolanos nos estemos matando unos a otros en búsqueda de comida. No hubo oportunidad de que los países se contaran y –aun no obteniendo los dos tercios necesario para invocar la Carta– al menos se viera quiénes son los que apoyan la democracia y quiénes los que nos dejan colgados de la brocha.

Por otra parte, como bien lo apuntó nuestro amigo y ex alumno Mariano de Alba en estas mismas páginas el día 12 de mayo, la actitud de Argentina –tan anunciadamente echada pa’lante con la defensa de la democracia venezolana y que a la hora de la verdad su canciller Malcorra “arrugó” proponiendo posponer la iniciativa en la búsqueda de un diálogo– pudiera resultar en un aflojamiento de las tensiones que consumen a nuestra patria y de allí la instauración de un posible diálogo. Sobre dicha tesis, este opinador reflexiona que se ve que todos esos cancilleres y burócratas internacionales no saben lo que es hacer ocho horas de cola para comprar “algo”, y que tampoco se dan cuenta que quienes hoy despachan desde Miraflores (por no decir gobiernan), no son proclives a ningún diálogo ni a ninguna transición que disminuya sus ya menguadas posibilidades de continuar con su manguangua y/o de refugiarse en algún lugar del mundo si la perdieran.

Comentario pasional: Este columnista casi siempre aspira a ser analítico aunque no castrado. Es por ello que entendemos que el apartamiento de Rousseff de la Presidencia de Brasil no es la consecuencia del ilícito administrativo/contable que se invoca sino que le están cobrando los escándalos descubiertos en meses recientes. Pero –he aquí lo pasional– “el amigo de mi enemigo es mi enemigo”. Friégate, Dilma, ahora que te rescaten Maduro, Evo, Ortega y María…