• Caracas (Venezuela)

Adolfo P. Salgueiro

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¿Miedo al islam o al extremismo?

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En 1993 el profesor norteamericano Samuel Huntington publicó un artículo en la prestigiosa revista Foreign Affairs titulado “Choque de Civilizaciones”, el cual tuvo y aún tiene amplísima difusión. En el mismo el autor propone la teoría de que el próximo gran conflicto mundial será intercultural, entre musulmanes y cristianos (occidentales). Naturalmente, estamos ante una simplificación, pero el centro de la propuesta es ese.

Razones para que la confrontación que visualiza Huntington exista hay suficientes. Desde el auge espectacular y posterior decadencia de la cultura musulmana, las irreconciliables visiones entre islámicos sunitas y chiitas surgidas desde la muerte misma del Profeta, hasta los abusos que Occidente llevó a cabo contra ellos a lo largo de siglos hasta y después de la caída del Imperio Otomano (turco), la creación caprichosa de Estados en el Medio Oriente y África, etc. Pudiera decirse con algo de veracidad que la revancha comenzó a partir de la era petrolera cuando los discípulos de Mahoma tomaron conciencia de su privilegiada posición ante Occidente.

Pero lo cierto y concreto es que en este siglo XXI se ha desatado una psicosis que, aun cuando comprensible, tal vez sea exagerada. Sin ir más lejos, la semana pasada, en un vuelo Buenos Aires/Caracas en el que viajamos, iban también varios pasajeros islámicos (suponemos que clérigos por su atuendo y largas barbas). Desde el momento del chequeo en los mostradores de la aerolínea ya era visible la inquietud de quienes se aprestaban para viajar ante la presencia de unas personas que apenas son 4 o 5 de los 1.300 millones de musulmanes, los cuales obviamente no son todos, ni mucho menos su mayoría, terroristas. Historias como esta son numerosas y los prejuicios crecen a diario alimentados por acciones de grupos extremistas cuyas ejecutorias son tan brutales que generan un miedo generalizado con el infaltable rechazo.

Las acciones llevadas a cabo por los militantes de Al Qaeda, en su momento, y en la actualidad, por los del Estado Islámico (ISIS), son de tal brutalidad y además cometidas en el nombre de Alá (nuestro mismo común y único Dios) que tienen al mundo de cabeza.

Las recientes decapitaciones de periodistas (tres hasta ahora) realizadas ante el testimonio de Youtube no solo son repulsivas por su barbarismo, sino que cumplen cabalmente con el objetivo de causar terror indiscriminado que deriva en la molestia de unos pasajeros de viajar en el mismo avión con unos clérigos que, estadísticamente, serán honorables conductores de su grey.

Ese mismo temor es el que arropa a las grandes urbes de Europa Occidental donde el extremismo –amparado en la misma libertad de cultos que ellos no permiten– tiene de manos atadas a gobiernos y comunidades que han tenido hasta que reducir o eliminar las festividades cristianas (Navidad, Semana Santa, etc.) ante la presión de quienes, siendo minorías, actúan como si no lo fueran.

Como quienes así proceden lo hacen en nombre de reivindicaciones generalmente justas, entonces resulta “políticamente correcto” aupar o justificar esas acciones colocándolas en el marco de ideologías “progresistas”, etc. Bueno sería situarse en el otro lado y aspirar a rezar en la calle, construir templos cristianos, judíos u otros, fundar escuelas cristinas o talmúdicas que coexistieran con las “madrasas”, etc.

Desde esta columna, quien esto escribe manifiesta su conformidad con la coalición de potencias tanto occidentales como musulmanas moderadas que se está formando para combatir y destruir a ISIS o sus similares. Nos alineamos junto a quienes quieren paz, confraternidad y coexistencia dentro de la diversidad. Aspiramos a que nuestro gobierno tenga la prudencia de no proporcionar solidaridades automáticas a cualquier bárbaro tan solo porque con eso se ataque los valores occidentales en los que vivimos, los cuales –sin duda– pueden y deben mejorarse.

apsalgueiro@cantv.net