• Caracas (Venezuela)

Adolfo P. Salgueiro

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Adolfo P. Salgueiro

Todos somos Ledezma

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Con motivo del brutal atentado terrorista que segó la vida de varios periodistas de la revista parisina Charlie Hebdo se llevó a cabo un megaacto callejero de rechazo, en el cual muchos de los concurrentes portaban sencillos carteles expresando “Tous sommes Charlie” (Todos somos Charlie).

Hace apenas unos días, el 18-F cientos de miles de argentinos se volcaron a las calles de Buenos Aires y otras ciudades protestando el confuso episodio de la muerte del fiscal Alberto Nisman, quien venía adelantando una investigación por posible encubrimiento oficial en la causa AMIA (sangriento atentado contra una institución israelita ocurrido en 1994) y se disponía a solicitar ante la justicia la imputación de la presidenta Cristina Kirchner. Los asistentes a esa marcha silenciosa portaban carteles “Todos somos Nisman”.

Los venezolanos de hoy, ante la insólita detención de Antonio Ledezma practicada por un gobierno que ignora la democracia y el derecho, incorporamos en nuestro corazón (por ahora) un cartel similar: “Todos somos Ledezma” a la espera de que se convoque a alguna marcha u otra actividad en la que podamos salir a la calle sin que nos maten al amparo de la Resolución 8610, como ya ocurrió en estos días con un joven de 14 años en San Cristóbal, primera víctima mortal de una norma manifiestamente inconstitucional.

En esta misma columna (31 de enero, 2015) en artículo titulado “Gracias por la torta que están poniendo” ironizamos acerca del flaco favor que el régimen se hace a sí mismo cometiendo un error tras otro, lo cual en definitiva viene favoreciendo el decrecimiento de su popularidad, aceptación y credibilidad tanto nacional como internacional. Pues bien, no puede uno entender bajo qué consideraciones o asesoramiento pudo haberse decidido la rocambolesca privación de libertad del alcalde mayor bajo acusaciones demenciales, siendo que ello ha causado una ola de efectos negativos que no dejan de enunciarse en la escena nacional e internacional con funestas consecuencias para la gobernabilidad y la imagen.

Una oposición desarticulada y carente de recursos para hacer cualquier campaña de pronto se ha visto obsequiada con los titulares de toda la prensa, radio y televisión mundial mayoritariamente condenando la torpe maniobra decidida por quienes –debemos suponer– están ya desorientados ante la clara evidencia de que el fin está cerca y luce irreversible. La prisión de Ledezma, como la ya prolongada de Leopoldo López y la previsible detención u otro tipo de acoso a María Corina son eventos dolorosos que están pagando o irán a pagar algunos dirigentes pero –insólitamente– se presentan como el precio que tienen que afrontar los líderes y la sociedad en general para obtener el beneficio mayor de la libertad y el ejercicio democrático. De paso, feo pero cierto es reconocer que la cárcel ha probado ser un escalón necesario para obtener y reafirmar liderazgos que aspiren a los más altos puestos de dirección de nuestra sociedad. ¡Triste!

Quien esto escribe se honra con la amistad de Antonio Ledezma, extendida a nuestras esposas y familias, y por eso deja aquí constancia de que nos cuadramos sin restricción ni doblez algunos no solo por la amistad, sino con la causa de nuestro alcalde mayor, elegido con más votos que ningún otro funcionario electo del país, salvo el presidente y con el líder político que sin duda está dando la talla. Líder –según palabras del mismo Antonio– no es quien sigue a la multitud, sino quien la motiva y dirige. Ese es Ledezma.