• Caracas (Venezuela)

Adolfo P. Salgueiro

Al instante

Lecciones luego de las primarias de Argentina

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Las elecciones (llamadas PASO por Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias) celebradas el pasado domingo en Argentina requieren en primer lugar una explicación porque se trata de un proceso suficientemente complicado como para que no lo entiendan ni los argentinos, mucho menos quienes vemos los toros desde la barrera y en el exterior.

La primera y principal explicación es que en dicho ejercicio no se eligió a nadie sino que se determinó –por vía de primarias– quiénes son los candidatos que participarán en los comicios del 9 de octubre, cuando –entonces sí– se elegirán presidente y vicepresidente, senadores, diputados, gobernadores, etc.

El objeto pues de estas elecciones “primarias” es dirimir las candidaturas que presentará cada espacio político en el acto electoral “de verdad”, pero con la insólita particularidad de que aquellas toldas con candidatura única ya decidida y en los que por tanto no existía competencia interna –como en el  oficialista Frente para la Victoria (FPV)– y varios más, también presentaron su candidato único con el único objeto de medir sus posibilidades y el valor que puedan aportar a una futura alianza toda vez que, según la ley electoral argentina, existe la “segunda vuelta” que solo se celebra si el ganador no ha obtenido al menos 40% de los votos válidos y si además no ha aventajado al segundo por al menos 10 puntos. Sí…es complicado.

Los resultados obtenidos por el candidato del oficialismo kirchnerista –Daniel Scioli– (38%), de mejorarse tan solo un poco lo convertirán en presidente sin necesidad de la segunda vuelta. En consecuencia, el escenario que ahora se ha abierto consiste en que no se permita a Scioli superar el 40% y que no se permita que su ventaja –si la obtuviera– exceda el 10% de quien le siga, sea Macri, que obtuvo 31%, o Massa con su 22%. Los que obtuvieron las migajas procurarán negociar lo mejor posible sus respectivos aportes.

Vistos ya los procedimientos y las cifras, el momento se hace propicio para la reflexión, no tanto por la cuestión específicamente argentina sino por lo que –con desazón creciente– vemos que ocurre no solo en nuestro continente sino también en otras latitudes (Grecia). A lo mejor lo que a este columnista –y a muchos coetáneos– le parece muy malo pudiera resultar que no lo es tanto siendo que otras formas de pensar y decidir ya ocupan importantes y crecientes proporciones del espectro.

Argentina, país que hizo default en 2001, que renegoció su gigantesca deuda externa exigiendo una quita de 70% a sus acreedores, el país que lleva más de 10 años fuera del circuito financiero internacional, el que desafía sentencias de tribunales a cuya jurisdicción se sometió en forma voluntaria, el que tiene la segunda mayor inflación del continente, el que compite con Brasil y Venezuela en corrupción, el que practica el subsidio populista con unas especies de “misiones” conocidas como “plan trabajo” que consisten en dar sueldo a los vagos dependientes de la clientela política, el país  que se juega a Rosalinda vociferando por el “socialismo del siglo XXI” (sin practicarlo naturalmente), el que miente en las estadísticas y pare usted de contar. En ese país, donde todas esas comprobaciones están a la vista, mucha gente aún prefiere la repartición virtual de la riqueza antes que su creación a través del esfuerzo. Nadie niega que en una sociedad en desarrollo las oportunidades iniciales no son iguales para todos, pero quien esto escribe entiende como axioma que lo que iguala es el trabajo y el esfuerzo. Pero muchos lo ven de otra manera, tanto los excluidos de siempre como los vivos de ocasión.

Queda por ver cómo se realinearán las alianzas antes de octubre. La lógica indica que UNA (Massa, 22%) debiera unir esfuerzos con Cambiemos (Macri,  32%) para derrotar a Scioli (38%). La misma lógica indica que Massa es quien debiera hacerse a un lado porque llegó de tercero, 8 puntos por detrás de Macri. Pero hasta ahora en Argentina la oposición no ha sido capaz de unirse, muy diferente a nuestra golpeada Venezuela donde –pese a todas las críticas– la MUD al menos representa un esfuerzo de unidad con vocación de alternativa.

Sin embargo, como los principios no suelen llevarse bien con la política electoral, no hay que olvidar que Massa, hoy tan “peronista disidente”, fue jefe de Gabinete de Cristina de Kirchner hasta que “se arrepintió”. Pero peronista es siempre genéticamente peronista, por lo que no sería improbable verlo arrepentirse otros 180° y regresar al redil, dando así al traste con la alternativa Macri.

También fue evidente el domingo que la votación que respondió al populismo, la dádiva y el clientelismo (o sea, los menos favorecidos) prefirieron escuchar los cantos de sirena (7.700.000 votos) y no los llamados al esfuerzo creador (6.184.000 votos). Las preferencias evidenciadas en cada distrito se dividieron estrictamente en función clasista y de estatus económico. Tal comportamiento debe sonar como una advertencia ante nuestro venidero 6 de diciembre teñido además del vergonzoso ventajismo local, al lado del cual el ejercido por la presidente Cristina apenas luciría como amateur.

Conclusión: América Latina y otras latitudes van por caminos que nos lucen errados. A este columnista le parecería muy razonable elegir a los que van a imitar a los que hasta ahora han tenido éxito (Colombia, Perú, Chile, Costa Rica, etc.) en lugar de a los que tan solo han lucido atractivos en el discurso y el mercadeo político. ¿Suena razonable o no?