• Caracas (Venezuela)

Adolfo P. Salgueiro

Al instante

La Habana-Buenos Aires y Venezuela como la guayabera

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La visita del presidente Obama a Cuba y Argentina ha sido y seguirá siendo objeto de análisis y comentarios porque, cada una en su dimensión, constituye un hecho histórico que no se agota en la mera estancia física del mandatario en dichos países, sino que sus consecuencias prácticas seguramente se harán notar en los tiempos por venir.

Hay quienes dicen que yendo a Cuba sin haberse empeñado en demandar cambios reales e inmediatos el presidente norteamericano entregó mucho a cambio de nada. No compartimos esa posición, sino que más bien creemos que el desempeño de Obama durante la visita tiene el decidido potencial de producir un contagio del virus de la democracia y el pluralismo en la isla. No será hoy ni mañana (el mismo día que llegaba Obama estaban deteniendo a opositores protestatarios) pero seguramente no pasará inadvertido su reiterado llamado al respeto de los derechos humanos en su más amplia dimensión (Castro pretendió proponer interpretaciones selectivas).

En opinión de este columnista el discurso pronunciado por Obama en el teatro Alicia Alonso de La Habana fue lo más claro y contundente que una ocasión diplomática como esa podía permitir. El presidente norteamericano no tuvo empacho en reconocer que el pueblo cubano tiene el derecho de determinar libremente cuál es la orientación de su rumbo y organización (suponiendo que la determinen libremente claro está), pero al mismo tiempo reivindicó su propio derecho de expresar en ese mismo lugar y en presencia del dictador anfitrión cuáles son los valores que inspiran a su país y que sin duda lo han situado en la cima del poder mundial.

Quien esto escribe se sintió particularmente conmovido cuando Obama se refirió a su propio periplo vital arrancando desde su condición de hijo de una madre soltera impedida de casarse con un negro por la legislación de la época y que sin embargo la promesa del “sueño americano” y el esfuerzo constante lo habían llevado a donde hoy está. También vale la pena resaltar la mención que él hizo a la actual campaña electoral norteamericana en la que dos cubano-americanos (Rubio y Cruz) se disputaron la nominación del Partido Republicano mientras un socialista (Sanders) disputa la del Partido Demócrata con una mujer (Clinton). Gracias a Dios nuestra Venezuela desde hace décadas ya también pudo conseguir ese grado de movilidad social. No es el caso en muchos países del continente americano por cierto.

El Air Force One partió de La Habana pero es casi seguro que los efectos de la breve visita no se quedarán solo en lo anecdótico ni en el juego de beisbol que presenciaron los mandatarios. Los tiempos de la historia a veces son lentos pero en esta ocasión parecen tener viento de cola en el mundo globalizado y con la ñapa del cambio de rumbo del péndulo que hasta hace apenas meses se desplazaba hacia la izquierda y que ahora, con el “efecto Macri” parece haberse detenido y hasta comenzado un nuevo ciclo.

De Cuba pasamos a Argentina donde el tema –afortunadamente– no es el reclamo por los derechos humanos ni la democracia  (aunque tampoco es que los Kirchner fueran una “papayita”) sino la celebración del hecho de que por esa misma democracia se haya podido cambiar el rumbo del populismo retrógrado, confrontacional y autoritario propio del “estilo K” por un lenguaje más apropiado a esta segunda década del siglo XXI que transitamos. Atrás quedaron los eslóganes de “patria o buitres”, “Argentina potencia”, “imperio del mal” y demás piruetas de lenguaje populista cuyo principal –o tal vez único– objeto era disimular las falencias cada vez más profundas y visibles de una ideología que en todas partes ha probado ser mala.

Lo que se escuchó en Buenos Aires fue: mercado, comercio, tecnología, sociedad del conocimiento, cooperación, Mercosur más económico y menos político, y demás temas que no son patrimonio ni propio ni exclusivo del neoliberalismo, sino hitos del lenguaje del progreso y la libertad que sí son aspiración común de nuestra región en este siglo XXI y no el eslogan de socialismo que hasta ahora solo puede ofrecer las colas en los abastos como principal logro.

No se trata de –ni abogamos por– someterse a los dictados del país más fuerte (si no importante) del planeta pero, a la luz de como se ha venido presentando el juego, es evidente que el entendimiento es mejor que la confrontación. Ya Rómulo Betancourt hace varias décadas fijó el criterio para la relación entre Venezuela y Estados Unidos: “Sin concesiones y sin desplantes”.

No podemos finalizar estas líneas sin resaltar el hecho –una vez más– de que Venezuela quedó fuera como la guayabera. Tanto Castro como Obama en la conferencia de prensa conjunta afirmaron que “aunque mencionaron el tema no hubo tiempo para abundar en él”. Si eso fuera verdad demuestra hasta qué punto Cuba nos empujó por la borda para echarse en manos del “tío rico”. Si fuera mentira, vaya a saber uno qué consideraciones y decisiones habrán tomado. Lo que sí es seguro es que ya no somos más la tapa del frasco ni en Cuba ni en el Caribe, aunque a lo mejor la farsa se pueda mantener algunos meses más en puro eslogan.