• Caracas (Venezuela)

Adolfo P. Salgueiro

Al instante

Gracias, don Mariano Rajoy y Albert Rivera por jugarse

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Una de las quejas que los demócratas venezolanos hemos tenido –con razón– durante casi todos estos lustros es que no lográbamos apoyos de peso que pudieran ayudar a que la situación se medio arreglara. El carisma del Galáctico que engañaba a todos exhibiendo machaconamente su legitimidad de origen así lo imponía.

Una de las principales razones para aquello ha sido casi siempre el interés económico y/o político que arropa a los gobiernos. En el caso de las naciones pobres de la región fue la necesidad de que no se interrumpa la generosidad venezolana expresada en dádivas disfrazadas de programas de cooperación (Petrocaribe, ALBA, etc.). En el caso de naciones desarrolladas cuyas empresas gozaban de importantes contratos otorgados por el gobierno venezolano ello influyó decididamente para que sus respectivas autoridades prefirieran privilegiar sus factores internos por encima de la  preservación democrática en Venezuela, como fue el caso de los astilleros de Cádiz construyendo naves para las FAN en un momento de dramático desempleo en toda España, o cuando Venezuela adquiría importantes sumas en equipos militares a Rusia, Brasil con Odebrecht y otros países hasta el mismos Estados Unidos, que propiciaban mirar para el otro lado apoyándose en aquello de “no hacer caso a lo que diga Chávez sino a lo que haga” hasta que ,tardíamente, cayeron en la cruda realidad.

Guyana –como es natural– prefirió guardar silencio mientras Venezuela cumpliera con la promesa de Chávez de no reactivar el reclamo territorial, la Colombia de Santos (al revés que la de Uribe) prefirió jugar al “mejor amigo” a cambio de que Venezuela dejara de apoyar a la guerrilla; Argentina y Uruguay decidieron ocuparse por vendernos todo lo que pudieron, Ollanta Humala aceptó con gusto los envíos de “contribuciones de campaña” hasta que vio que ello fue el “beso de la muerte” en su primer intento electoral, y pare Ud. de contar. Hoy día, con el Comandante ya difunto y con la chequera exangüe parece que muchas lealtades se diluyeron o han sido repensadas. También el péndulo de la historia está cambiando de sentido y –fundamentalmente– las dramáticas realidades venezolanas se han vuelto inocultables dando lugar a una catarata de apoyos, solidaridades, acuerdos, discursos etc., que han contribuido decisivamente para que la tortilla se volteara. Las loas de antes eran bienvenidas, las críticas de hoy se califican de “injerencia”.

Es así como llegamos al momento que da pie al título de estas líneas hecho efectivo con la muy fuerte intervención de Mariano Rajoy, presidente en funciones del gobierno español y el viaje de la estrella naciente de la política hispana: Albert Rivera. No cabe sino agradecer de corazón a ambos y también a todos aquellos que se juegan por Venezuela.

No seremos tan ingenuos como para creer que en los nobles gestos de los dos políticos españoles –además de la vertiente principista– no hay implícitos intereses partidistas locales de cara a la venidera elección y al papel que cada uno juega y/o espera jugar en el firmamento político peninsular. Resulta perfectamente normal, lícito y humano que así sea.

Rajoy, quien puede decir con propiedad que recuperó la economía española dejada en la carraplana por su predecesor (excepto en el tema del empleo), se posiciona como favorito para cosechar unos pocos puntos electorales más para poder formar gobierno a partir de las venideras elecciones. Su documento contribuye a reafirmar su vocación por los principios que hasta hace algunos meses mantenía “en la reserva”. Bienvenidos sean tanto él como el Partido Popular que bajo su liderazgo y también en su momento el de Aznar fueron más solidarios con la democracia venezolana que sus adversarios del PSOE, Zapatero y ahora Pedro Sánchez. Honrosa excepción la de Felipe González.

En cuanto a Albert Rivera, la imagen juvenil, su condición de proclamarse incontaminado por las viejas prácticas y la firmeza de sus posiciones en la política española aportan una dosis de frescura y solidaridad que mucho se agradece. Su discurso en la Asamblea Nacional (curiosamente no en el hemiciclo sino en un salón protocolar) fue breve, sencillo, al grano y provisto de toda la “injerencia” que le dio la gana por tratarse de temas de derechos humanos. Gracias Albert, ojalá que tus pasos no se contaminen mucho en el quehacer político en el que te auguramos brillante porvenir no en un futuro sino ya mismo en las venideras elecciones en las que tu persona y tu partido pueden convertirse en la bisagra que controle el fiel de la balanza en los delicados e inestables equilibrios de la política española. Ojalá que eso mismo se convierta en la fuerza que pueda neutralizar a Podemos, impresentable y financiado engendro del fracasado “socialismo del siglo XXI” y así salvar a tu patria del chavismo. Gracias por tu viaje y tu valentía.