• Caracas (Venezuela)

Adolfo P. Salgueiro

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Adolfo P. Salgueiro

¡Que Dios nos coja confesados!

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El oscuro panorama que se cierne sobre Venezuela con motivo del derrumbe del precio del petróleo no puede ser motivo de júbilo para nadie. Primero que todo somos venezolanos, después de eso podemos agruparnos en el oficialismo o  la oposición haciendo las consideraciones que desde cada óptica luzcan pertinentes.

Lo cierto y concreto es que cada uno de nosotros tendrá consecuencias que sufrir en lo personal, familiar y laboral, por lo que sería razonable que ante la emergencia el gobierno nacional deje de lado –aunque sea momentáneamente– la confrontación que ha sido y es su sello distintivo en procura de un consenso de emergencia. Ese pedido, razonable a nuestro juicio, es el que hacemos desde esta columna. Aspiramos a que el sacudón que ya está en pleno trámite no sea aprovechado en términos partidistas ni de derecha o izquierda, ni de escuálidos o patriotas, ni apelando al cuento de la guerra económica, el magnicidio y otros argumentos ya esgrimidos. Esperamos también que la oposición –dentro o fuera de la MUD– también entienda que la ocasión amerita un amplio entendimiento nacional por encima de las ventajas que puedan obtener de una difícil situación para el país, no solo para el gobierno. A varios compatriotas opositores hemos oído decir –y compartimos la opinión–: “Menos mal que no ganó Capriles, porque con esta debacle ya estaría tumbado o a punto de serlo”.

Sin embargo, el llamado a la unidad nacional y el consenso no impide que se sitúen las responsabilidades y culpas en donde corresponden.

Es obvio que Venezuela no tiene control ni influencia alguna en la conjunción de elementos externos que nos trajeron hasta aquí en la escena petrolera mundial. Bueno es tenerlo en cuenta para cuando se hable tanta insensatez llenándose la boca con la afirmación de nuestra soberanía cuando se comprueba una y otra vez que en el mundo interconectado del siglo XXI ese es un concepto manifiestamente obsoleto. Si para muestra basta un botón el mismo se mostró esta misma semana cuando el gobierno, desesperado por efectivo en dólares, vendió con potente descuento a la banca de inversión  Goldman Sachs de Nueva York (epítome del capitalismo salvaje y sin alma) la factura petrolera que nos adeuda República Dominicana y se sabe que ya tiene preparada una operación similar con la factura que adeuda Jamaica.

Venezuela no puede –y no pudo– imponer una estrategia de precios altos y efectivo rápido frente a Arabia Saudita que, con su posición dominante por sus gigantescas reservas de petróleo y de dólares, prefiere mirar a largo plazo privilegiando el porcentaje de participación en el mercado y precios que permitan sacar del juego a los productores de alto costo. Ya mismo se ha constatado en las cotizaciones de Nueva York cómo las empresas que explotan petróleo de esquisto o por “fracking” han visto caer dramáticamente el precio de sus acciones.

Otros países –no solo árabes sino también Noruega– aprovecharon la época bíblica de las vacas gordas para acumular reservas para la hora de las vacas flacas. Venezuela, en cambio, se embarcó en un proyecto basado en la presunción de que las vacas siempre serían gordas. Igual pasó con los demás países exportadores de petróleo con gobiernos populistas (algunos democráticos y otros no). Hoy el derrumbe nos sorprende justamente en la peor conjunción de factores externos e internos y –por los vientos que soplan– no parece por el momento haber  cambio, reconsideración y menos aún rectificación alguna. Algunos dicen que Chávez, con  su carisma e influencia, hubiera tenido la capacidad de inventar cualquier cuento que le permitiera recular como lo hizo varias veces. Ni Maduro ni las demás fracciones que disputan la primacía del poder pueden darse ese lujo.

Quien esto escribe no es experto petrolero ni económico como para ofrecer soluciones, pero en la calidad de “damnificado” nos asiste el derecho de pedir unidad y prudencia.

Es en este momento cuando se hace pertinente la frase que titula esta reflexión.