• Caracas (Venezuela)

Adolfo P. Salgueiro

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Adolfo P. Salgueiro

Revolucionarios en Nueva York

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Reconocemos que lo que ocurre en Naciones Unidas no constituye un tema de conversación ni de preocupación para el grueso de los venezolanos, como sí es el caso de la escasez de productos de primera necesidad, el precio de los mismos, la inseguridad, etc.

La Asamblea General a veces ha tenido hitos históricos (lo que no quiere decir necesariamente gratos todos), como la comparecencia del papa Paulo VI en 1965, la presentación de Arafat con una rama de olivo en una mano y una pistola en la cintura (1974), cuando Nikita Khruschev se quitó el zapato y lo golpeó repetidamente en el escritorio de su bancada (1960) o en ocasión de la bochornosa intervención de Chávez en 2010 anunciando que la tribuna olía a azufre por la reciente presencia de George Bush en el recinto.

La presentación (en dos discursos) del presidente Maduro ante ese foro (con escuálida asistencia) la pasada semana se caracterizó por lo inconspicuo, aun cuando dijo cosas (algunas inexactas) que comentaremos aquí y, sobre todo, dejó de decir otras que –en nuestra opinión y la de muchos– era preciso mencionar.

El primer discurso en el marco de la reunión internacional del Cambio Climático no merece mayor comentario. Maduro leyó una pieza obviamente escrita por alguien que conoce el tema y en todo caso nadie hubo que cuestionara la necesidad de abordar un asunto clave para el planeta. Tampoco era mucho lo que podía decir Venezuela acerca de la contaminación cuando es evidente que la misma se produce por el uso de combustibles fósiles siendo nuestro país uno de los principales productores y exportadores del rubro. Hubiera sido ciertamente bizarro oír al presidente de Venezuela acusar a los contaminadores: “Ustedes contaminan con el petróleo que yo les vendo”.

El segundo discurso –el de política exterior– mostró una vez más el rumbo trazado por Chávez al alinearse con socios de dudosa reputación y abrazar causas extremistas en disputas en las que Venezuela no tendría por qué meterse. El mundo entero condena a Al-Assad pero Venezuela lo apoya, el mundo entero se horroriza por el primitivismo del “Estado Islámico” pero Venezuela –aunque condena la conducta terrorista– se opone a los esfuerzos colectivos por erradicar esa locura. Venezuela, que es tan sensible al tema de la injerencia extranjera en sus asuntos internos, no duda en abogar por la independencia de Puerto  Rico que no es deseada ni siquiera por los puertorriqueños, que una y otra vez votan libremente por mantener su estatus privilegiado junto a Estados Unidos. Venezuela protesta porque Obama intercede por la libertad de Leopoldo López, pero Maduro reclama la de Oscar López Rivera preso en Estados Unidos por acciones terroristas a favor de la independencia de Puerto Rico. Venezuela aboga por la “refundación” de la ONU, pero aspira a un escaño en su Consejo de Seguridad.

Sin embargo, después de todos esos reclamos y luego de citar cifras de dudosa veracidad en el área de los logros revolucionarios, el señor Maduro no hizo siquiera mención a la conducta retrechera del vecino Guyana que con ardides y mentiras aspira –dentro del mismo marco institucional de la ONU– a despojarnos de áreas de plataforma continental de relevante potencial e importancia. Ni se acordó del Esequibo ni de pedirle al secretario general que designe un nuevo “buen oficiante” para ayudar a la solución práctica del diferendo después del fallecimiento de Norman Girvan, hace casi un año. ¿Será que se le olvidó o que la estrategia de Venezuela es no alborotar ese avispero a cambio de votos y apoyo político?

El mismo Maduro y su combo revolucionario, que expulsó o negó entrada a Venezuela a demócratas del continente y que critica a Vargas Llosa y otros por sus opiniones, no tuvo pudor alguno en meterse en el Bronx neoyorquino (como lo hicieron sus ídolos Fidel y Chávez) para despotricar contra el capitalismo imperialista mientras confirma que seguirá subsidiando combustible para los pobres de Estados Unidos y regalando 5 millones de dólares para combatir el ébola, cuando en Venezuela no se consigue una pastilla para combatir la chikunguya. ¿La caridad no debiera comenzar por casa?

Entretanto la harina de maíz precocida, la leche y las medicinas brillan por su ausencia pero, por lo menos, “tenemos patria”.


apsalgueiro@cantv.net