• Caracas (Venezuela)

Abel Veiga

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Abel Veiga

11-M: del dolor al consuelo

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El tiempo pasa inexorable. Siempre lo ha hecho, es el sino del vivir.Deja sus huellas, a veces endebles, a veces profundas. Aunque no las queremosver ni presentir. Todo depende de la perspectiva y del momento que nos tocóvivir.

Aquella mañana de una incipiente primavera que nunca olvidaremos variasexplosiones sacudieron la vida de 191 personas, y dejó más de mil quinientosheridos. Se abría una tragedia que rasgó nuestra alma como pueblo, comosociedad e incluso como país. Silencio y rabia. Angustia y dolor. Desconsuelo yhorror. Luego lo peor, el desencuentro político. Miseria y cierta sensación denáusea y naufragio de principios, de valores y respeto.

Minutos y horas que nos aturdieron, que nos sumieron en laincredulidad, en la rabia silenciosa, en la indignación manifiesta perotranquila. El goteo de noticias aumentando las cifras de víctimas fueincesante. Las primeras imágenes de los trenes reducidos a un amasijo retorcidode hierro y chapa, de sangre y negrura humeante nos rompieron por dentro.Recuerdo las miradas y el semblante de las gentes que lo decían todo sinnecesidad de hablar. Sensibilidad y emotividad, necesidad de consuelo. Nohacían falta palabras ni lágrimas.

Fue el mayor atentado criminal y miserable sufrido en España. Un golpetremendo, en la verticalidad misma de un país que en 72 horas acudiría a lasurnas. Un por qué, un cómo es posible, y un quién ha hecho este crimen abyecto,salvaje, despiadado. Personas anónimas, ciudadanos, hombres y mujeres,adolescentes y niños, jubilados, el pulso y la radiografía de nuestra sociedadestaba en esos trenes. Estábamos todos, porque todos podíamos estar en esostrenes. Un atentado indiscriminado y asesino. Planificado en trenes que seconvirtieron en trenes de muerte y horror. Solo unos segundos separaran que eltren que explosionó en la calle Téllez no lo hiciera en la estación de Atocha yen vía paralela a otro tren que si explosionó con la intención de atrapar a losviajeros que esperaban en los andenes. Lo habían urdido para matar, paraasesinar y sesgar el mayor número de vidas posible.

Recuerdo donde estaba, qué hice, qué sentí, a quién llamé y en quiénpensé en esos segundos iniciales. Todos los que estábamos en Madrid, como en elresto de este desabrido país, hicimos lo mismo. Sobrecogidos, sobrepasados porel drama y lo que se veía venir. Silencio atronador en las calles, en lasoficinas, en las universidades, en los colegios.

Movilización ciudadana que quería ayudar, donar sangre, hacer lo quefuere. Siempre pacíficos, siempre desde la solidaridad y la ayuda. Qué lecciónaquellas horas, aquel día. Aquella tarde, disipado el humo de la muerte ycuando ya la cifra de muerte y dolor cabalgaba lenta hacia las doscientas víctimasMadrid seguía aturdido por la incomprensión de una brutalidad sin parangón.Bajé aquella tarde al metro. Era el único viajero en la línea 2 de San Bernardoa Cuatro Caminos. Apenas las miradas se cruzaban ya por las calles desiertas.Todos necesitábamos ver, escuchar, conocer las noticias, las imágenesespeluznantes de una tragedia que nos marcó y marcará la vida, y máxime a susvíctimas y familiares directos.

El tiempo se detuvo aquel fatídico día para cientos de familias. Lavida y la muerte se hicieron más próximas a todos. Fuimos más conscientes de loque la barbarie, la violencia, el terrorismo es capaz de provocar. Nosgolpearon en nuestros corazones. No hubo explicaciones ni porqués. Simplementebombas listas para matar, como todas. A población civil, a inocentes. Todospodíamos estar en esos trenes. Sin importar ni religión ni ideología niocupación. Lágrimas que brotaron y que tardaron muchos años en secarse.

Diez años después queda un recuerdo intenso de aquel día y los días quesiguieron donde todo se tiñó de mezquindad y cierta contaminación política ymediática. Días donde nuestra democracia se sintió vulnerada y donde nuestrasociedad se tensionó a extremos impensables. Conviene no olvidarlo. Muchoscimientos bajo nuestros pies se desquebrajaron de golpe. Fue la honda expansivaque trajeron aquellas bombas y un halo de manipulación que se hizo palpable enel ambiente. El miedo, la incertidumbre, y la propia necesidad del ser humanode saber los porqués que expliquen o trataren de hacerlo una atrocidad de esecalibre se abrieron paso con mucha rabia, indignación y en algunos extremos concomportamientos que nunca deben ser admisibles. Hubo muchas torpezas y muchoserrores en como se gestionó la tragedia. Lo sabemos todos, lo vivimos y losentimos. Aquel viernes 12, aquella tarde triste y lluviosa en aquellamanifestación muchos dieron rienda suelta a su rabia, a su indignación y aexigir la verdad.

Pienso ahora en las víctimas, las que verdaderamente sufrieron el golpede la tragedia. Quienes perdieron a sus familiares, padres, hijos, hermanos,abuelos, etc., pienso en ellos, aunque no es la primera vez que lo hago. Piensoy me pregunto sin ánimo de invadir su intimidad, cómo están, cómo han sidoestos años, cómo han sufrido el punzante dolor de la muerte de sus seresqueridos, de los días de aquella comisión de investigación donde España sesobrecogió ante las palabras de Pilar Manjón que dejó en evidencia a lospropios políticos.

11 de marzo. El silencio de la ausencia, el recuerdo que se difumina ennuestra mente, la voz que martillea y que ya no percibimos en su nitidez real.Lesiones que no se curan, que cicatrizan el alma. Secuelas con las queaprendemos a convivir y sentir por los poros de nuestra piel, nuestrossentimientos. Las víctimas nos dieron una lección de vivir, de humanidad yvalor en tiempos donde todo se relativiza, pero también las hemos olvidado,empezando por nosotros mismos en nuestra individualidad cotidiana y terminandopor las instituciones públicas y una desafecta y desmemoriada cuando nooportunista clase política. A medida que iban pasando aquellas lentas horas yaún con las lágrimas brotando de nuestro ser, con la mirada triste y resignaday el corazón afligido de tanto dolor, nos íbamos dando cuenta de la verdaderamagnitud de la tragedia. De repente nos habíamos quedado ciegos y sin voz porunos instantes, atónitos al comprobar en carne viva la inmensa maldad eignominia a la que puede llegar el ser humano. Parece como si la noche no seatreviera a pasar, como si tuviese miedo al amanecer, a la luz y a la verdad deuna realidad demasiado cruel y conmocionada a la vez, sembrada de dolor, uninsufrible dolor.

11 de marzo de 2004. Una fecha marcada para siempre en nuestras vidas.Miro a mis hijos y les veo con toda la vida por delante. Algún día les contaréesta tragedia. La tragedia de la fragilidad humana pero también de lo que escapaz la banalidad del mal.