• Caracas (Venezuela)

Abel Veiga

Al instante

Abel Veiga

Ucrania, la pendiente incierta

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

¿Quién mueve los hilos en la convulsa Ucrania?, ¿cuál es el precio que pagará finalmente Kiev en una partida de ajedrez que se juega sin torres ni alfiles? Crimea primero, ahora el este del país con autoproclamadas repúblicas y ejércitos populares instigados y sustentados desde un exterior muy próximo. Nada es casual ni espontáneo, absolutamente nada. El guión está trazado, milimétricamente. Como cada declaración. Cada envite, cada jugada, cada enroque. Como el secuestro de los observadores de la OSCE. Europa una vez más es víctima de su inoperancia, sus miedos, sus recelos a ser y a querer ser. Pero también sucumbe a los intereses particulares de algunos de sus miembros. Episodio lamentable, pero también cínico, toda vez que en Maidán se alentó y dio alas a una falsa libertad sin escudo de seguridad europeo. Todo lo que vino después es sabido, como lo era antes, el paso de los conductos de gas hacia el norte de Europa. ¿De qué sorprendernos si Europa es incapaz de sorprenderse a sí misma? Son muchas las empresas europeas que tienen intereses en Rusia, como también lo son las inversiones de este procedentes de este país en Europa. Más allá de la dependencia del gas está todo un entramado de intereses económicos y particulares que favorecen sin embargo a Putin y mitigan el impacto de unas sanciones que son más por lo que aparentan hipócritamente que por el daño efectivo y real que pueden llegar a significar para Rusia.

La pendiente por la que se desliza Ucrania es imparable. Y lo es porque está sola. Rehén de sí misma y de su propio destino donde Rusia marca la jugada, y por el momento los peones. Nada se mueve ni es azuzado sin que Rusia lo quiera. No hacen falta ni insignias ni pasamontañas ni escaramuzas. Es la realidad. La de que rememora viejas formas y pretéritos intereses, pero también espacios de actuación e influencia a modo de círculos y escudos. No nos equivoquemos. El tablero internacional es el que es, y antes fueron otros lo que dinamitaron toda legalidad internacional o consienten que otros lo hagan con impunidad y mentira. El este de Ucrania está inmerso en una vorágine de violencia, sectarismo y calculado interés que puede desembocar hacia cualquier lugar, pero eso sí, próximo cada vez más a la influencia, el control, de facto, de Rusia. El Estado simplemente está cada vez más diluido o no presente. El control de Kiev se diluye. Y Putin pide a Merkel la retirada del ejército ucranio del sureste del país, el fin de la violencia y la apertura de un diálogo que resuelva una crisis que Moscú insufla, alimenta y, sobre todo, controla y sustenta. Esta es la perversión de una realidad que deja de serlo por momentos y donde poco o nada depende ya de la propia Ucrania incapaz de asegurar y defender su soberanía estatal.

En Slavianks como en Odessa, en Donetsk, en Lugansk se juega una partida marcada. Una partida ante la indiferencia de todos. Ucrania es la víctima perfecta. El vacío de poder, la debilidad interna y el caos provocado en las últimas semanas tienen un efecto devastador para Ucrania y lo que hasta el momento era su integridad territorial. El orden ruso abraza a su presa. El desprecio absoluto por una legalidad internacional que apenas ha tenido fuerza y vigor en estos lares, la decidida voluntad anexionista de Moscú, la violencia y represión como caldo de cultivo idóneo para justificar cualquier treta o amenaza facilitan el puzzle. Rusia sigue considerando su viejo espacio como su patio trasero y su zona de influencia e injerencia única. Poco importan siquiera las minorías rusas o prorrusas de estos países, es la excusa perfecta, como en su momento lo fueron los Sudetes, ocho décadas atrás.

Era claro que después de Crimea la siguiente pieza sería el este de Ucrania, el este industrial y con mayor dependencia de Rusia y clave en los intereses económicos. La crisis se agudiza. El gobierno de Kiev califica de terrorismo lo que sucede en el este, la actuación de grupos prorrusos, asaltos a edificios públicos, uniformados sin distintivos. El escenario se envenena de tensión y rabia, violencia y tambores no precisamente de hojalata. Desde Kiev se mira a Europa y se mira a Washington. Pero nada sucede. Movimientos de trinchera política, preñados de demagogia pero sobre todo impotencia. La partida de ajedrez la dominan los audaces y henchidos de soberbia que desprecian leyes y pautas. El siglo XXI quizás ni siquiera ha nacido en esta parte del mundo. Viejos modos, pretéritos moldes de tiempos de acero estaliniano. La historia es cíclica, y el hombre la enrevesa. La suerte está echada para Ucrania. La suerte de una pendiente adversa y solitaria.