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Abel Veiga

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Abel Veiga

Primavera en San Pedro

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Roma vive un acontecimiento histórico. Dos papas son canonizados. Ante la mirada de cientos de miles de personas. Ante la mirada agradecida de otros dos papas. Uno, emérito; el otro, ejerciente del ministerio petrino. Presente y pasado, intermedio de una Iglesia hoy circular y no piramidal. Juan XXIII, el papa bueno, el papa campesino de Sotto il Monte, el papa párroco y pastor. Juan Pablo II, el atleta de Dios, que cargó a cuestas una cruz que era reflejo de las contradicciones del siglo XX, el papa que vino del Este, que viajó e hizo presente y mediático su apostolado. Uno, apenas cuatro años; el otro, veintiséis, en uno de los más longevos papados de los 265. ¿Qué Iglesia recibieron y qué Iglesia han dejado y hasta qué punto es responsabilidad exclusiva de un hombre que lleva sobre sus hombros tamaña atalaya? El mundo se rindió ante estos dos hombres. Su muerte fue un duelo mundial, donde la sintonía y el reconocimiento del obispo de Roma fueron totales y entregados. A ambos la feligresía aclamó y suplicó aquel “Santo subito”.

No la tuvieron fácil y cada uno concibió de un modo particular la visión de una Iglesia Pueblo de Dios. Juan XXIII abrió las ventanas del Vaticano al mundo para que la Iglesia, sus cardenales y obispos sinodalmente pudiesen ver y oír. Los cimientos estaban echados cuando sorprendió al mundo aquel enero de 1959 anunciando por sorpresa la convocatoria ecuménica. Fue la revolución de una Iglesia y para una Iglesia que necesitaba “aggiornarse”. Soplos de aire fresco, soplos de aire nuevos o, tal vez, los propios soplos del Espíritu. No vio terminado el concilio y nos regaló una encíclica universal, social, comprometida, actual y viva, Pacem in Terris. El papa de la misericordia, el papa que en 1962 habló por primera vez de una Iglesia para los pobres.

Tras el papado de Montini, al que el tiempo redimensionará su gran labor y las muchas adversidades a las que tuvo que hacer frente, y el brevísimo pontificado de Luciani, la llegada de Wojtyla en 1978 marcó un antes y un después en la forma de ser y ejercer. “Non avete paura” (“No tengáis miedo”), aseveró y exhortó, con sus manos apoyadas sobre la balaustrada del balcón, aquel atardecer de otoño, cuando se asomó al mundo. No lo tuvo. “Totus tuus”, un papa que recorrió el mundo, que llenó plazas, que fue estadista, y que llevaba sobre su rostro impregnado de alegría y sufrimiento las contradicciones del siglo más convulso de la historia. Un papa para la historia. Un papa de una humanidad atlante y una vocación de servicio. “Sollicitudo rei socialis”, “Redemptor hominis” son encíclicas para la historia. La de muchos que vivimos y crecimos conociendo sólo a este hombre. Un hombre de Dios. Como también lo son Francisco, Benedicto y Juan.

Para la Iglesia es un día de júbilo. De alegría y gratitud. De evangelio y esperanza. Fueron canonizados dos papas. Dos hombres, dos siervos y al servicio del pueblo de Dios. Dos personas que concibieron en forma distinta la manera de ejercer su pontificado. Como también lo fueron los tiempos y las circunstancias que les tocó vivir.

No es día hoy para juzgar o no la situación y la Iglesia que dejaron. Ni las formas, ni las curias, ni las jerarquías.
Ambos quisieron situarse al lado del hombre, en su sencillez, en su cercanía, en su alegría y su sufrimiento. Ambos sufrieron. Enfermedad y agonía. Para la historia, una imagen. La que nos regaló Juan Pablo II apareciendo apenas tres días antes de su fallecimiento, el 2 de abril del 2005, asomado a la ventana de su apartamento apostólico. Aquel rostro era el sufrimiento, pero también el adiós del padre a sus hijos. Dignificó a la ancianidad y los mayores, cargó una cruz al atardecer de su vida con mucho sufrimiento, pero que no quiso apartar de su pueblo.

Ambos entraron por méritos propios en la historia del siglo XX. Ambos fueron magnos y grandes. A un tiempo, pastores y a otro, políticos. El tiempo que les tocó vivir. Ambos fueron hombres y como tales cometieron también errores, aciertos, penas y alegrías. Y, como toda obra humana, inspirada e insuflada desde lo Alto, para quienes son creyentes, algunos también han criticado o querido destacar estos días los errores y los silencios, o la situación de la Iglesia. Somos hombres, somos críticos. Tenemos visiones y criterios. Francisco, el papa que también quiere una Iglesia para los pobres y que introduce una primavera de aires frescos, gozará ahora de la intercesión y guía de sus predecesores.