• Caracas (Venezuela)

A tres manos por Alex Fergusson

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Hermenéutica y patrimonio cultural

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Mi planteo apunta al desarrollo de una hermenéutica cultural cuyos fundamentos y métodos permitan la superación del horizonte reductivo provisto por una semiología de base positivista. Los puntos que desarrollaré brevemente son los siguientes: 1) definir la cultura desde nuestra cultura; 2) semiología y hermenéutica; 3) el concepto dinámico de tradición; 4) la transmodernidad americana; y 5) hacia la recuperación integral del patrimonio cultural.

1) Una reflexión sobre el patrimonio cultural debe partir de una revisión de la idea misma de cultura. Para ello proponemos no partir de conceptos o elaboraciones teóricas gestados en otras instancias o ámbitos de cultura, inspirados en el academicismo clásico, el sociologismo, el culturalismo, etc., sino partir de la realidad cultural americana que es nuestro marco propio, desprendiendo de este sus categorías específicas. Adoptar tal actitud de ascesis teórica nos permitirá acceder desprejuiciadamente a un concepto de cultura no abstracto ni idealizante, y al mismo tiempo nos librará a un planteo profundo de la identidad americana. En tal actitud contamos con importantes avances realizados por pensadores, estudiosos, artistas, escritores y científicos cuya sola mención podría ser amplia. Basten aquí los nombres de Rodolfo Kusch, Félix Schwartzmann, J. Torres García, O. Guayasamín, Alejo Carpentier, Octavio Paz, B. Canal Feijoo, Samuel Ramos, Gilberto Freire, Fernando Ortiz, José María Arguedas.

2) La semiología o ciencia de los signos representa sin duda un tramo válido en la indagación de los signos y señales del hombre, a partir de fundamentos positivistas que conciben al signo como relación arbitraria y convencional de un significante con un significado.

Aun al ser ampliada como lo ha sido en el decurso de su desarrollo, la semiología se muestra sin embargo como un instrumento insuficiente para dar cuenta de los grandes sistemas de la cultura humana, que han generado tradiciones y presidido el devenir histórico de los pueblos. Se hace preciso asumir una actitud más amplia y flexible, más acorde con la cultura misma, y esto es especialmente importante en América, cuyo espacio alberga una original simbiosis de culturas provenientes de continentes, razas, y estadios temporales disímiles. En consecuencia proponemos una hermenéutica de la cultura, la cual en breve síntesis habría de asentarse en los siguientes puntos:

a) Revaloración del abordaje fenomenológico, que se atiende a lo dado a la conciencia sin ignorar la alternancia de etapas receptivas y activas del conocimiento. Tal abordaje supone la prescindencia, al menos metódica y temporaria, de conceptos ya acuñados, y se propone recoger la integralidad del fenómeno en estudio.

b) La hermenéutica fenomenológica potencia la mirada del sujeto y su relación de pertenencia al campo estudiado.

c) Los pasos del análisis científico, estructural, semántico, no son en modo alguno desechables para una hermenéutica como la practicada por Ricoeur, quien propone el enlace de la fenomenología y las ciencias sociales.

d) Un último paso, propiamente hermenéutico, restablece positivamente el “prejuicio” y estudia las relaciones del hecho estudiado con otros hechos históricos, culturales, etc., ampliando la comprensión y la interpretación.

3) Un concepto dinámico de tradición –tal el desarrollado por Hans-Georg Gadamer en su obra Verdad y método como eje de su propuesta hermenéutica– nos incita a leer un texto, un hecho cultural, una forma artística, etc., dentro de una economía de conjunto, es decir, restituyendo sus lazos de convergencia-divergencia con una tradición de sentido, si bien no entendemos esta como un dogma. La tradición es siempre mucho más rica que los dogmas que pretenden encerrarla; se compone también de las herejías, las divergencias, la “marginalidad” que la renueva y modifica parcialmente. Leer los datos culturales dentro de una tradición no significa clausura sino enriquecimiento de sus posibilidades de significar.

Se evitará así la frecuente polarización, falsa cuando se la lleva a su extremo, entre pasado-futuro, cultura rural-cultura ciudadana, pueblo-ilustración, patrimonio espiritual-cultural técnico científico, etc. Conocer y revalorar la tradición en su conjunto es asimismo reconocer la complejidad intrínseca del hombre, y afrontar el dilema de profundizar una cultura humanista en nuevas etapas de desarrollo, o renunciar a ese rumbo hominizante accediendo a la presión mecanicista.

4) América es el horizonte real en el cual nos movemos. Pese a nuestra particular ubicación en un centro metropolitano de cierta sofisticación intelectual y tecnológica, la cual afecta a una minoría, compartimos el amplio espacio americano que abarca micromundos tribales, poblaciones de vida anacrónica, culturas del subdesarrollo con sus aspectos positivos y negativos. Una visión desprejuiciada y atenta de tan ancho registro permite sin embargo la verificación de constantes y vectores históricos que posibilitan hablar de culturas nacionales, y de una cultura subcontinental latinoamericana. Las propias ciencias sociales han permitido dar cuenta de esta realidad, que emerge asimismo en la palabra de los pensadores y escritores de la región. Un nuevo humanismo americano ha cribado y sincretizado los elementos de culturas antiguas o primitivas, como la indígena, la judía, la grecolatina, la de los árabes y otros pueblos inmigratorios, sin repetir su ciclo histórico ni sus rasgos conservadores, fuertemente tradicionales. Al mismo tiempo esa cultura en formación ha venido asumiendo moderadamente cada una de las etapas de la modernidad occidental de la que es deudora y a la vez correctora. Puede observarse a lo largo del devenir mestizo americano esa parcial absorción y consiguiente respuesta original a los movimientos literarios, artísticos, filosóficos o morales generados en los centros históricos de la civilización occidental. Ello permite avanzar el aserto de que el humanismo americano es creación original que fusiona en síntesis nueva lo antiguo y lo moderno, accediendo desde su génesis a una fase cultural que merecería ser llamada posmoderna, si esta expresión no tuviese ya fuertes connotaciones referidas a una atmósfera típica de los países desarrollados. En razón de ello hemos preferido en nuestros trabajos la expresión transmodernidad. Sea cual fuere el nombre que le apliquemos, será conveniente tomar en cuenta ese carácter anacrónico, casi u-crónico, que señalaba Carpentier para América.

5) Definir, desarrollar y defender el patrimonio cultural de un pueblo, de un conjunto de pueblos, es tarea de la etapa universalista a la que estamos sin duda abocados. En efecto, lejos de colocarnos ante la tentación del folklorismo cerrado, o de nacionalismos agresivos que han sido superados en el mundo, la recuperación y defensa del patrimonio cultural de la nación es un aporte a un auténtico ecumenismo nacido del respeto de las culturas y de su diálogo fecundo. La aceptación de hechos culturales aparentemente alejados y disímiles como pueden serlo las fiestas populares y la incorporación de la cibernética, abona un sentido rico del patrimonio cultural que habrá de extenderse a las más importantes –por su recepción, valoración y pertenencia al conjunto– entre las creaciones, obras, monumentos de la nación; a las expresiones escritas, musicales, artesanales, etc., que expresan el ethos popular en sus variantes regionales; a los testimonios objetivos la memoria histórica en sus diversas vertientes y etapas; a los lugares ligados al devenir del pueblo en su conjunto, o válidos para recomponer el camino de alguna de sus parcialidades notables; a las festividades que pertenecen a cultos mayoritarios; a las creaciones estéticas, pictóricas, arquitectónicas, que representan el acervo tradicional y sus variantes o aportes más reconocidos por su valor artístico; a las obras literarias o dramáticas que han contado con amplia repercusión popular, o a aquellas que han sido valorizadas por mayor número de críticos y estudiosos dentro de una tradición estimativa; a las obras científicas, filosóficas, jurídicas, históricas, que la opinión generalizada, y la estimación calificada han considerado como más valiosas enriquecedoras para la cultura nacional. Esta consideración amplia del patrimonio cultural que por nuestra parte alentamos, no impide desde luego una consideración más específica a los efectos formales y jurídicos-legales que sea menester fijar.

En los difíciles momentos que atraviesan las naciones latinoamericanas en su conjunto estimo que la indagación del patrimonio cultural debería estar enmarcada en una tarea de profunda dinamización cultural y educativa, tendiente a impedir la doble acción desculturizante de la subcultura de masas y la pauperización que están afectando a distintos estratos de la sociedad.