• Caracas (Venezuela)

A tres manos por Alex Fergusson

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El Cristo de Miguel Ángel: del Pantocrator al Democrator

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El Cristo del Juicio Final en la Capilla Sixtina, pintado por Miguel Ángel con caracteres hercúleos o heroicos, y considerado como un Júpiter o Apolo, o bien como un Titán belicoso, ha sido desenmascarado tras su nueva restauración y limpieza en el Vaticano. La vieja oscuridad que cubría este fresco universal acentuaba su aspecto trágico de pintura negra, pero ahora resplandece con nueva luz y luminosidad. La vieja terribilidad se ha convertido en nueva amorosidad, nimbada por un cromatismo que revierte la vieja tragedia en un drama o cuadro dramático, a la vez oscuro y claro, negro y colorista, trágico y cómico (tragicómico como la vida misma).

Para empezar cabría interpretar al Cristo central del Juicio Final ya no como un Júpiter tonante o tronante, sino como un Hermes mediador, ya no como un Apolo Belvedere sino como un Apolo órfico, ya no como un Titán furioso sino amoroso. Su figura “serpentinada” lo presenta flamígeramente como una llama fogosa, como un fuego incandescente, como una fuerza iridiscente, como un Eros socrático-cristiano. Miguel Ángel es un platónico-cristiano, y su Cristo no es un juez estático y vengativo, como lo presenta la tradición apocalíptica, sino el gran mediador entre el Dios-amor y el hombre-amado. No se trata pues del viejo Dios inmóvil (aristotélico), sino del Dios encarnado del cristianismo, un Dios móvil y dinámico.

En este contexto, el gesto primero o primario del antiguo Dios vengador se detiene o contiene introversoramente ante la mirada amorosa o amistosa del discípulo amado, Juan, el Evangelista del amor. San Juan, bajo la figuración de un joven rubiáceo, es la única figura del gran Apocalipsis que afronta la mirada del Cristo, el cual parece detener, dulcificar o apaciguar su ira o desmesura al mirar el gesto cómplice de su discípulo situado justo a su izquierda. De esta guisa, la primera o primaria versión del Cristo sea pagano o bien antiguotestamentario, se trasforma cristianamente en el Dios salvador, brazos abiertos y en cruz redentora. Esta es precisamente la teología del amor redentor propia de Miguel Ángel, tal y como lo expresa plásticamente en una declaración:

 

                   “No hay pinturas o estatuas que aquieten ahora

                   al alma que apunta hacia ese amor sagrado

                   que en la cruz abrió los brazos para aceptarnos”.

 

El Cristo miguelangeliano del Juicio Final no es por tanto, frente a la tradición vengativa o vengadora, el Pantocrator o Dios-sol, sino solo en cuanto fuego de amor crucificado (lunarmente), es decir, un Dios Democrator, encarnado o humanado en esta tierra y en este mundo. La clave de un tal Dios-hombre es entonces la misericordia, misericordia que se compadece de la miseria humana (de acuerdo al dictum de Jesús: misereor super turbas).

Por eso este Cristo compasivo del Juicio Final personifica el Eros platónico traducido cristianamente como amor, situándose plásticamente entre la Virgen Madre (o más allá la Magdalena) y el discípulo amado. Esta situación pictórica del Cristo entre la madre y el discípulo filial se corresponde simbólicamente con la situación pictórica del propio Miguel Ángel, cuyo rostro pintado en la piel de san Bartolomé se ubica paralelamente entre su amada maternal V. Colonna y su discípulo filial T. Cavalieri.

El Cristo de Miguel Ángel en el Juicio Final está en medio de todos porque encarna como amor su mediación o remediación, su purificación o salvación. Giovanni Papini pudo afirmar que más que del Juicio Final deberíamos hablar aquí de la Resurrección, que interpretamos como una resurrección del amor socrático-cristiano, personificado por un Cristo joven e imberbe, platónico y cristiano.

La compresencia del eros platónico y del amor cristiano impregna este gran muro ya no de las lamentaciones, sino de la exaltación o exultación. Hasta el punto de ser acusado por sus detractores puristas o puritanos de ser un mural lujurioso, obsceno o erótico. Sin embargo, se trata de una erótica sublimada, como lo entiende el mismísimo Juan Pablo II al definir la Capilla Sixtina como el santuario de la teología del cuerpo humano. En este mismo sentido, el Cristo de Miguel Ángel puede y debe ser considerado como el Cristo pletórico del amor y de la misericordia, un Cristo de la compasión universal rehabilitado convincentemente por el papa Francisco.

El Cristo miguelangeliano expresa la fuerza creativa del propio Miguel Ángel, plasmada en esta figura que parece hercúlea pero es asuntiva, parece heroica pero es acogedora, parece pagana pero es cristiana, parece belicosa pero es amorosa, parece fogosa y lo es: fuego de amor purificatorio y sublimador. En su belleza condensa la fuerza del eros sagrado que traspasa a la propia muerte, como decía Miguel Ángel, abriéndola a la trascendencia religiosa o religadora.

 

*Universidad de Deusto, Bilbao, España.