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Un viaje a los secretos del callejón de oro de Praga

Praga

Conocida como 'El corazón de Europa', esta ciudad es reconocida por ser contradictoria y bella | El Tiempo

Dentro del Castillo, símbolo de la capital de República Checa, una callecita que cuenta leyendas

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Praga es esa ciudad inolvidable que se abriga con cientos de techos rojos. La han bautizado como 'La ciudad dorada', 'La madre de las ciudades', 'El corazón de Europa'. Títulos que defiende en cada postal que queda tras observar la Plaza de la Ciudad Vieja, el Reloj Astronómico y el Castillo de Praga, tres de los lugares que marcan la identidad de la capital checa.

Caminar por Praga es caminar en un cuento de hadas de hombres con armaduras y reyes inmortales. Su cara es de tal belleza que no queda otra opción que la contemplación con la boca abierta.

Combina los estilos artísticos, arquitectónicos y culturales que ha vivido la humanidad desde el siglo X. Un repertorio que se evidencia en cada esquina, donde el tiempo perdió el paso y se quedó a vivir allí, probablemente en las entrañas del Reloj Astronómico, para recordarnos que la eternidad es un milagro posible solo para los elegidos.

Por dentro, la capital de República Checa es una melodía nostálgica, como se lee en los ojos de los habitantes de la ciudad, quienes en su ADN y memoria llevan el peso de dos guerras mundiales, la ocupación nazi y la opresión comunista.

Contradictoria, bella y enigmática. Praga redescubre su pasado y le ofrece al visitante una cápsula de tiempo para sumergirlo en un sueño mágico. Este es el efecto del Callejón de Oro: una callejuela que esconde el Castillo de Praga, con vida desde la época de los reyes de Bohemia y que durante cinco siglos ha servido de hogar para soldados, artesanos, escritores célebres y hasta adivinos.

Esta angosta calle, reabierta al público en el 2011 tras un año de restauración y en la cual se invirtieron 1,5 millones de euros, guarda once pequeñas casas que, al estilo de una maqueta de teatro, sirven de escenario para comprender las tradiciones del pueblo checo, su culto a las artes y la relevancia en la historia de la eterna ciudad de Europa Central.

Cuentos de alquimistas

El río Moldava parte en dos a Praga. Hacia la colina quedan Malá Strana (La Ciudad Pequeña) y Hradcany (Barrio del Castillo) y del otro lado están Staré Mesto (La Ciudad Vieja) y Nové Mesto (La Ciudad Nueva).

Con este mapa en mente, para llegar al Callejón de Oro hay que orientarse hacia Hradany, con el Castillo de Praga en la mira. La mejor forma es atravesar el río a pie desde la Plaza de la Ciudad Vieja usando el Puente de Carlos, un trayecto adoquinado de 500 metros que es un buen lugar para comprar cuadros de paisajes locales, posar para una caricatura a cambio de 10 euros o apoyar a las bandas de músicos de jazz que llevan años tocando en este puente.

Tras una breve caminata se accede al Castillo, donde a la sombra de la imponente Catedral de San Vito se esconde el Callejón de Oro. La leyenda narra que en el siglo XVI, el rey Rodolfo II de Habsburgo quería más oro y, si había suerte, encontrar la inmortalidad.

Por ello hurgó en cada aldea para encontrar a los mejores alquimistas y armar dentro del Castillo un cuartel de operaciones, lo instaló en esta calle y la bautizó como 'Callejón de Oro'.

Ese es el mito. La realidad es que Rodolfo II ordenó construir el complejo residencial, pero para albergar a 24 guardias de la fortaleza. De ellos son las primeras huellas que aparecen en el recorrido. Por la casa número 24 se accede a un segundo piso que literalmente es un túnel al pasado.

El largo corredor atraviesa de izquierda a derecha la calle para dar vida a un museo de armaduras en el que cascos, lanzas, guantes, yelmos y cuanto accesorio se ve de la época de los caballeros acorazados son los protagonistas.

La sala tiene un pasillo especial para la exhibición de escudos grabados con los emblemas reales de las familias imperiales y por estrechas escaleras se accede al salón de la tortura, un reducido cuarto con cadenas, sillas, cuchillos, máscaras y artefactos medievales que intimidan aún empolvados.

Al otro extremo del museo hay una cámara ambientada para disparar con ballesta e intentar sentirse como un primo lejano de Guillermo Tell.

La numeración en el Callejón de Oro va en descenso y no todas las puertas están marcadas. De la casa 24 se pasa a la 22, donde llegó el escritor judío Franz Kafka en 1916. Natal de Praga, Kafka regresaba a la ciudad para buscar a su hermana Ottilie y afrontar, bajo su protección, la tuberculosis que padecía. Solo un año se quedó el escritor en esta estrecha casa, hoy de marcos verdes y fachada celeste.

Tiempo suficiente para escribir la corta historia de Un médico rural, que sirvió para aumentar la leyenda del Callejón de Oro, al convertir esta casa en parada obligatoria para la foto con la placa en la fachada.

El interior de la vivienda es más una minilibrería de un museo kafkiano que un hogar como tal. Se encuentran fotografías, libros y suvenires alusivos al escritor. Sobresalen ediciones bellísimas de La Metamorfosis y El Castillo, novela póstuma que según sus estudiosos está inspirada en los meses que estuvo Kafka en esta calle.

También hay postales y correspondencia que el escritor cruzó con su círculo de allegados en sus últimos años de vida.
Luego resalta la casa número 18, la tienda de marionetas de madera. Como contexto, por toda Praga es fácil conseguir una marioneta, es un recuerdo típico checo de nuestros días.

Sin embargo, en este diminuto almacén se consiguen modelos exclusivos de Hauptmann Emil, un afamado artista que revivió el arte de su abuelo como tallador y titiritero, oficio popular en los siglos XIX y XX durante el apogeo del teatro de títeres checo.

Emil se convirtió en un referente cultural incómodo para el régimen comunista que imperaba luego de la Segunda Guerra Mundial. Fue arrestado y encarcelado. Su hijo intenta mantener vigentes las creaciones de sus antepasados.
Caperucita Roja, Blancanieves y por supuesto Pinocho, junto con decenas de otros personajes cuelgan de los estantes de esta tienda, donde cada títere es hecho a mano y lleva una placa con el nombre de su tallador.

De un pub a un cine

El camino hacia el fondo del Callejón de Oro es un repaso a pie por la historia del medioevo al siglo XX. La siguiente parada es un bar. Al entrar, la imaginación vuela y se ve a los siete enanos de Blancanieves celebrando por la muerte de la reina bruja.

Bajas y largas bancas de madera y mesas rústicas con platos y tasas de barro, una lámpara colgante de velas, un barril volcado sin licor y un violín en la esquina. En la otra habitación está la cocina, con un par de cuchillos listos para cortar cebollas y papas, algunas vasijas en un estante y la olla dentro de la chimenea de piedra y leña.

Pasos después está abierto el taller de un orfebre, casa 15. Su habitación-estudio está protegida por un vidrio que le da mayor sensación de museo. A un lado, la cama, diminuta, es más un catre con un crucifijo como protector.

La mesa central es un desorden de escuadras, relojes, tubos de ensayo, monedas, una balanza, dos martillos, un reloj de arena, una lupa y un matraz con un poco de líquido de color cobre. Junto a la puerta está un pequeño horno con trozos de carbón en el piso, mecheros y recipientes de arcilla para fundir metales.

La puerta número 14 es otra parada. Allí vivió Madame de Thebes, cuyo nombre real es Matylda Prusova. Esta psíquica y adivina era buscada por medio Praga por sus acertadas predicciones, don que obtuvo tras la muerte de su hijo en la Primera Guerra Mundial y al cual esperó toda la vida con un puesto en la mesa.

A modo de vitrina se ve el salón donde leía las cartas, un gran sillón rojo de terciopelo y encima de un pequeño balón, una calavera. Su suerte no le ayudó a escapar de la Gestapo cuando predijo la muerte de Hitler y la caída del Tercer Reich.

El final del Callejón de Oro no podría ser más cinematográfico. La casa número 12 fue guarida del historiador aficionado de cine Josef Kazda, quien durante la ocupación nazi escondió cientos de carretes de películas checas.

Tras la caída de los alemanes, Kazda organizó proyecciones públicas en el cuarto derecho de esta casa, tal como lo evidencian las sillas de diversos tamaños y colores de la hoy acondicionada sala de cine donde se exhiben películas en blanco y negro.

Las paredes del lugar están cubiertas de carteles y fotografías de actores, y los carretes impiden el paso en las escaleras. Aquí, la paradoja que engloba los contrastes mágicos de Praga: estas escaleras salvadoras del patrimonio fílmico checo son parte de la Torre Daliborka, una temida cárcel del siglo XVIII.