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Un viaje para saborear moluscos

Acantilado en la Isla del Príncipe Eduardo / Foto Wikipedia

Acantilado en la Isla del Príncipe Eduardo / Foto Wikipedia

La isla del Príncipe Eduardo, en Canadá, es famosa por sus escenarios pintorescos con más de 90 playas, colinas ondulantes y acantilados

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“¿Cuál debería probar primero?”, preguntó mi esposo, mirando a los tres tipos de almejas igualmente tentadoras ante nosotros. El pintoresco golfo de San Lorenzo relucía en la soleada tarde de agosto en la Isla del Príncipe Eduardo, Canadá, y nuestra hija de seis años de edad estaba corriendo por los terrenos del centro turístico que visitábamos esa tarde llamado Sundace Cottages.

Pero nuestra atención estaba centrada en las almejas. Había una variedad de concha dura con salsa Tabasco y dos versiones de concha blanda, una salteada en aceite y mantequilla con sal y la otra envuelta en aromático chorizo y vapor de vino blanco. Habíamos pasamos la mayor parte de la tarde en una playa cercana extrayendo docenas de estos moluscos de la arena y sacándolos del agua con la ayuda de Stephen Flaherty, un empleado de mantenimiento del Sundance que lleva a la gente a pescar almejas. Encontrarlas fue solo el principio. Linda Lowther, una expropietaria del Sundace que ofrece clases de cocina, nos había invitado a mi esposo y a mí a su casa para una lección sobre cómo les gusta a los isleños comer los moluscos, y ahora estábamos sentados en la mesa de su cocina mirando los frutos de nuestro medio día de trabajo.

Fue uno de varios viajes en busca de comida que realizamos durante nuestro descanso de verano en la provincia en forma de media luna, y de 282 kilómetros de largo, que es famosa por sus escenarios pintorescos de más de 90 playas, colinas ondulantes y acantilados de arenisca, y la abundante pesca en las aguas circundantes, que incluye ostiones, almejas, bacalao, langosta y mejillones. La agricultura, también, es grande, con cerca de 1.500 granjas mayormente familiares que cultivan una variedad de frutas, verduras y granos.

Los restaurantes eran la forma obvia de disfrutar esta riqueza, pero yo había oído que en la isla abundaban las oportunidades de disfrutarlo desde la recolección de la comida, una tradición que practican los residentes locales. Dada mi dieta principalmente basada en pescados y verduras, era una propuesta particularmente atractiva, y en nuestra visita, recorrimos el área para encontrar casi todo lo que comimos.

Nuestra travesía empezó con los ostiones. Según la Sociedad del Ostión de la Isla del Príncipe Eduardo, la isla cosecha más del 55% de los ostiones ingeridos en Norteamérica, y nosotros iríamos a una de sus granjas de ostiones más apreciadas. Ross Munro, un exchef de restaurante que organiza excursiones culinarias a través de su compañía PEI CulinaryAdventures, nos recogió en nuestro hotel en Charlottetown, la capital, y nos llevó 70 minutos hacia el noroeste hasta Cascumpec Bay Oyster Co.

El negocio familiar de 20 hectáreas cultiva 400.000 ostiones al año, y aunque la mayoría son adquiridos por grandes distribuidores de mariscos, un copropietario de la granja, Marty O’Brien, compartiría algunos con nosotros. En el viaje en barco de cinco minutos hacia la bahía donde estaban, nos dijo que los ostiones de la Isla del Príncipe Eduardo tienen más de 30 variaciones en el sabor dependiendo de donde se encuentren, debido al terroir diverso de la isla en ensenadas, bahías y caletas. También se detuvo para mostrarnos algunas de las 1.400 jaulas submarinas donde se cultivan los ostiones, luego nos llevó a una costa salpicada de más de 5.000 ostiones maduros. Estos ostiones no estaban aún en su mejor punto, dijo O’Brien.

“En el verano, el agua es más cálida y tiene más algas, lo cual les ayuda a desarrollar un mejor sabor, así que nos gusta comerlas en el otoño y el invierno”, dijo. Nos dio un rastrillo para ayudarnos en la recolección, pero el agua era lo suficientemente superficial para que pudiéramos agacharnos y tomarlas con las manos. Bastante pronto, ya había algunas docenas de ostiones en nuestra charola de metal, y era momento de probarlas. Qué importa el consejo de O’Brien. Con un inicio distintivamente salado y un final dulce, eran tan sabrosas que no extrañé mi acompañamiento habitual de salsa Tabasco y un chorrito de limón.