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Cuando el orgasmo no da placer

Pareja / Foto: El Mercurio / Chile

Pareja / Foto: El Mercurio / Chile

Ese es el día a día de Dale Decker, un estadounidense de 37 años que sufre el síndrome de la excitación sexual persistente 

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"Imagínatelo: es el funeral de tu padre y estás arrodillado junto a su ataúd, despidiéndote para siempre de él. De repente, tienes nueve orgasmos. Justo ahí, cuando toda tu familia está de pie detrás de ti".

Ese es el día a día de Dale Decker, un estadounidense de 37 años que sufre el síndrome de la excitación sexual persistente (PSAS, por sus siglas en inglés).

Desarrolló el transtorno en el 2012, cuando una tonta caída hizo que se le desplazara una vértebra.

Según cuenta en una entrevista realizada por Bancroft TV, un canal de televisión por internet, el síndrome le hace tener unos cien orgasmos al día. En el funeral de su padre, en el trabajo, frente a sus hijos... en público y en las situaciones menos oportunas.

"No hay nada de placentero en ello, porque a pesar de sentirte físicamente bien estás completamente a disgusto por lo que está pasando", dice Decker.

"Hace que no quieras tener un orgasmo nunca más".

Más conocido en mujeres

El caso de Decker pone sobre la mesa un síndrome que hasta ahora se había atribuido a la mujer.

"No conozco ningún caso documentado del trastorno en hombres", reconoce Francisca Molero, vicepresidenta de la Federación Española de Asociaciones de Sexología y autora de la ponencia El síndrome de la excitación sexual persistente o trastorno de la excitación genital persistente.

"Aunque esto no quiere decir que no les afecte también, ya que existe una gran laguna de conocimiento sobre la conexión entre el cerebro y la respuesta genital", explica a BBC Mundo por teléfono.

Por lo tanto, "el caso de Dale Decker se encuentra dentro de lo probable y tiene una interpretación teórica clara", dice.

Además señala que el hecho de se haya descrito en mujeres tiene que ver con "las creencias, lo que se considera aceptable y lo que no, con los roles asignados por la sociedad".

Según la doctora, las erecciones espontáneas en los hombres "han existido siempre y no se han vivido como algo negativo, sino como signo del poderío masculino", mientras que en el caso de las mujeres la excitación sexual ha sido vista como algo que esconder.

Más allá, la experta explica que hasta el 2013 existían entre 400 y 500 casos documentados de pacientes con PSA en el mundo, pero está segura de "la incidencia real es muchísimo mayor".

"Cada vez que hablo con ginecólogos me cuentan casos similares pero que no han sido identificados con el transtorno", añade.

Se ignoran las causas

"Se experimentan todos los cambios genitales pero sin haber tenido la sensación de una excitación previa", señala Molero.

Es decir, aparece una excitación genital sin haber tenido antes un estímulo.

"Es como si sensaciones intrusas invadieran el cuerpo y provocasen orgasmos", explica.

El PSAS en la mujer fue descrito en 2001 por las investigadoras Sandra Leiblum y Sharon Nathan como una "sensación de excitación genital sin un desencadenante sexual previo, que persiste durante períodos prolongados de tiempo, y no desaparece a pesar de tener uno o varios orgasmos".

En 2003 se redefinió como "excitación genital espontánea intrusiva y no deseada en ausencia de interés sexual y deseo" y fue catalogado como disfunción sexual en la II Consulta Internacional sobre Medicina Sexual, en París.

No se conocen las causas, pero las investigaciones apuntan a un amplio abanico de posibilidades: factores neurológicos, vasculares, hormonales o por efectos secundarios de medicamentos.

Y el tratamiento más eficaz es la terapia cognitiva-sexual.

No es multiorgasmia

El síndrome de la excitación sexual persistente no tiene, por lo tanto, nada que ver con la hipersexualidad o el aumento extremo de la libido, ni con la multiorgasmia.

Esta situación no siempre desemboca en un orgasmo y, aunque lo haga, la sensación no suele desaparecer, explica la sexóloga.

Asimismo, el hecho de percibirse como algo intrusivo, ajeno al propio deseo y por lo tanto negativo puede reforzar e intensificar la respuesta.

Molero lo explica con un paralelismo: "Es como cuando uno tiene un pensamiento desagradable y lo quiere quitar de la cabeza. Cuando más lo intenta más fija su atención en él".

Como consecuencia, la culpa suele ser inherente al síndrome, en la mayoría de los casos.