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Así el narcotráfico burla el control de los insumos químicos en Perú

La policía, cuando descubre estos espacios, los destruye con explosivos para inhabilitarlos. | Foto: Dante Piaggio - El Comercio

La policía, cuando descubre estos espacios, los destruye con explosivos para inhabilitarlos. | Foto: Dante Piaggio - El Comercio

Los cuerpos policiales denuncian que cuando prohíben los materiales con los cuales preparan las sustancias estupefacientes, los narcos inventan otro mecanismo para continuar la producción

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Palmapampa es un pequeño pueblo del distrito de Samugari (provincia de La Mar, Ayacucho) en el que, como otros tantos en el Vraem, la población vive básicamente de la siembra de hoja de coca con un destino obvio.

La historia de Palmapampa es tan breve como crispada: recién en la década de 1960 se abrió una ruta fluvial hacia este lugar (antes se llegaba a pie por caminos de herradura desde la sierra ayacuchana). En 1982 ocurrieron dos hechos trascendentales para esta localidad: se abrió la primera carretera de acceso y, tiempo después, llegó Sendero Luminoso.

El desarrollo comercial avanzó al mismo tiempo que la violencia terrorista. En 1984, el histórico Comité de Autodefensa de Palmapampa, junto al de la vecina localidad de Pichihuillca, logró que retrocediera el senderismo en una gesta memorable.

Cuando en los años 90 el narcotráfico amplió sus dominios a casi todo el Vraem, la demanda de hoja de coca se elevó. Palmapampa, un pueblo pobrísimo por donde se lo mirara, se volcó a este cultivo. Los cerros leves que rodean la entrada al pueblo están completamente cubiertos de la planta.

En el parque central (en realidad son montículos de tierra baldía con palmeras secas alrededor) el 80% de locales comerciales vende abonos y productos químicos para mejorar la siembra y asegurar una cosecha rentable.

Insumos de todo tipo

Palmapampa, por ser una localidad incorporada casi por completo en los primeros eslabones de la producción de droga en el Vraem, funciona como un termómetro: lo que ocurre allí sucede también en el resto del valle.

Lo que ocurre aquí actualmente es que los fabricantes de pasta básica de cocaína (que en otros laboratorios se convertirá en clorhidrato de cocaína) están reemplazando, de manera masiva y sostenida, varios insumos químicos fiscalizados (IQF) y con ello evaden los controles.

El Comercio acompañó la semana pasada a un contingente de la División de Operaciones Especiales Antidrogas de la policía, con sede en Palmapampa, a varias operaciones de interdicción de laboratorios de droga en el centro poblado de Vistoso.

En estas incursiones se confirmó que, en lugar de cal (un IQF básico, que ayuda a extraer y concentrar el alcaloide de cocaína) se viene utilizando cemento común.

Además, en lugar de mezclar ácido muriático, ácido sulfúrico y lejía (los tres son IQF para macerar la hoja de coca), se utiliza sal yodada común, que se vende y se compra en cualquier tienda. También se halló gasolina, que hace años se aplica como sustituto del kerosene (también fiscalizado).

“Es como un ajedrez: lo prohibimos, pero ellos (los narcos) inventan algo y lo reemplazan. Es imposible detectar cuánto cemento se destina a usos legales y cuánto termina en los laboratorios clandestinos”, dijo uno de los policías que dirigió las operaciones. Es esto lo que hace larga y difícil la lucha contra el narcotráfico: su versatilidad para adaptarse a las presiones. Mientras haya demanda, seguirá habiendo oferta.