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El monte Nemrut muestra su magia al amanecer

Las cabezas de los colosos rodaron por los terremotos / Foto: Local Turkey Tours

Las cabezas de los colosos rodaron por los terremotos / Foto: Local Turkey Tours

Sobre uno de los picos más altos en la cadena del Tauro, en el este de Turquía, se encuentra el santuario que un rey del pequeño reino de Comagene levantó, hace 2.000 años, como culto a... sí mismo

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El pueblo de Kahta duerme. El olor a pan de sésamo abre el apetito a pesar de ser las 4:00 am. El conductor, que comparte su desayuno tempranero, le pone velocidad al camino. Con rapidez vamos pasando pueblos dormidos en busca del amanecer en el monte Nemrut. Allí nos esperan los colosos de piedra que hizo levantar el rey Antíoco I de Comagene 50 años antes de la era cristiana.

Serpenteamos suavemente durante la mayor parte de los 53 km que separan Kahta de nuestro objetivo. Estamos en Turquía, a unos 250 kilómetros al norte del Mediterráneo, pero ni se lo adivina. La guerra de Siria, a poco más de 150 kilómetros, también es una realidad ajena. Conforme avanzamos por la ruta desierta se va diluyendo la expectativa de ver las enormes cabezas iluminadas por las estrellas al final de la noche. Las nubes van cubriendo el cielo y es altamente probable que el madrugonazo para ver el amanecer en la cima haya sido en vano. Sólo esperemos que no llueva.

Cuarenta minutos más tarde ya estábamos en el pequeño galpón que un grupo de kurdos administra como barcito. Está cubierto de tapices a precio de euro, mantas, pañuelos de colores y souvenires de baja calidad representando los colosos de la cima. A esa hora de la mañana un buen té negro, áspero -a la usanza turca-, prepara para la escalada.

Por supuesto que hace frío. Estamos en verano, pero es de madrugada y en ascenso, con lo cual la temperatura baja. Pero no todo el mundo tomó sus precauciones. Derrik, como canadiense que es, pensó que ya estaba naturalmente aclimatado y se trajo apenas una chaqueta liviana. Así que los kurdos del barcito lo rescataron alquilándole una manta de polar por 5 liras turcas (2,5 dólares) que le salvó la excursión.

La alentadora sorpresa al empezar la subida fue que, como el monte Nemrut es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, hace poco se construyó una larga escalinata que llega hasta la base misma de las terrazas donde se hallan las megaesculturas, obviando una trepada entre escalones de piedra por un camino irregular y en medio de la noche como era hasta hace poco.

La escalinata serpentea todo el tiempo y hay que ser cuidadoso porque no se sabe cuándo está a nivel y cuándo se abre un barranco a centímetros de uno.

A la luz de las linternas. La noche es cerrada, el viento sopla fuerte y la neblina todo lo moja implacablemente, acentuando el frío.

El desordenado grupo de varias decenas de turistas se abre paso bullicioso en la negrura del cuarto creciente y a la luz de unas pocas linternas. Tiene la expectativa de un glorioso amanecer a más de 2.100 metros de altura y coronando uno de los picos más elevados de los montes Tauro. El ascenso es de unos 200 metros desde el emplazamiento del barcito, y toma entre 30 y 45 minutos según el ritmo del caminante.

De pronto la fila se frena y entendimos que llegamos. Pero en la cima no hay mucho espacio para moverse en la oscuridad, así que se tantea el terreno con los palos de trekking y se trata de iluminar el paso con celulares y linternas. Cada amanecer y atardecer se juntan en el monte Nemrut decenas de turistas para presenciar el espectáculo del sol iluminando las megaesculturas o escondiéndose detrás de ellas.

Pero ahora no se ve nada. Ni siquiera se insinúan los perfiles de los colosos que Antíoco I, soberano de Comagene, hizo levantar a los pies de su túmulo funerario medio siglo antes de que naciera Jesucristo. La sensación es rara porque se intuye la presencia de los guardianes de piedra, pero no se los ve. La niebla es pertinaz y desdibuja hasta nuestras propias figuras, que se convierten en tan fantasmagóricas como los propios colosos.

Sombras en la madrugada. El frío cala a pesar del abrigo. Los dedos se congelan y el amanecer no llega. El viento molesta, pero mucho más el turista americano que habla a los gritos contando anécdotas que a nadie importan y los chillidos de un grupo de orientales quebrando el silencio de la montaña.

Esta comarca, al sureste de Turquía y a apenas 100 kilómetros de Siria, era el reino de Comagene, que se extinguió a principios de la era cristiana. A la usanza regia de la época, y tal como el célebre rey Midas lo había hecho seis siglos antes y a cientos de kilómetros de aquí, Antíoco eligió un monte, el más alto de su reino, y sobre su cima hizo apilar 50 metros de piedras para convertirlo en el lugar de su postrer descanso.

Allí se enterrarían sus restos y por la eternidad él velaría, como un águila planeando en las alturas, por sus súbditos, los valles de su comarca y los ríos que vuelcan sus aguas de deshielo en el insaciable Éufrates.

Le cuesta a la neblina descubrir su velo y es una batalla mantener limpio el lente de la cámara con esa llovizna finita que nos envuelve.

Tras una espera que se hizo larga, lentamente comienzan a distinguirse las masas pétreas. Pero la visión es borrosa, lo que potencia el halo de misterio y desata la imaginación. ¿Cómo sería hace 2.000 años pasar la noche aquí, en las alturas, para rendir culto al rey-Dios? ¿Cómo serían las ceremonias que se celebraban tanto en el cumpleaños de Antíoco como en el aniversario de su coronación? ¿Qué pensarían aquellos comagenos arrastrados por la política a esta nueva religión que duró lo que la vida de Antíoco I?

Preguntas sin respuesta. Finalmente, y de manera sutil, la luz diluye la neblina y los bultos pétreos cobran forma. Los colosos aparecen descabezados, con sus cuerpos de varios metros de altura hieráticos, todavía sentados en tronos. Las cabezas rodaron quién sabe cuándo por los terremotos y están dispersas por el suelo, tumbadas o erguidas, todas monumentales, de la altura de un hombre. Es la imagen tan publicitada de Nemrut.

Son cabezas de guerreros con tocado y de animales, perfiles con ensortijada barba y ojos bien delineados que hablan de la maestría de quienes los tallaron. Los maestros escultores fueron griegos que plasmaron en esas figuras la megalomanía del rey constructor: caras con rasgos helenos y tocados persas para reflejar la supuesta nobleza dual de su linaje.

Según el propio Antíoco hizo esculpir en griego en las estelas su estirpe que se emparentaba increíblemente con los dos máximos conquistadores de la antigüedad, el persa Darío I por parte de padre y el macedonio Alejandro Magno por el lado materno, algo que probablemente no se ajustaba mucho a la realidad.

Los colosos fueron esculpidos en el lugar en piedra calcárea, más blanda que el mármol, fácil de moldear y extraída de la misma montaña. Las estelas en cambio son de arenisca, traída de canteras más lejanas.

En ellas se lo ve a Antíoco dándole la mano a los dioses, sellando algún trato del que estamos ajenos. Por ejemplo, con Apolo-Mitra. Ahí el soberano, con todos sus atavíos, lo saluda como si se tratara de un par, posicionando así al hombre a la altura del dios en un claro mensaje de marketing político con 2.000 años de vigencia.

En otra estela estrecha la mano de la imagen femenina que personifica -a la usanza helena- a su reino y a los dioses duales de los panteones griego y persa, Zeus-Oromasdes y Heracles-Artagnes-Ares.

Lazos familiares. Esculturas y estelas están distribuidas en tres terrazas. Las del este y del oeste tienen un despliegue simétrico. A la fila de esculturas la flanquean un león y un águila: son los guardianes del túmulo, eternos custodios de la tumba de Antíoco que aún hoy los arqueólogos se empeñan en encontrar. En la explanada de la cuarta terraza se concentraban los súbditos que cada mes, en el aniversario de su cumpleaños, llegaban a la cima a rendirle pleitesía y culto al rey autoproclamado dios.

El peso de los colosos, de varias decenas de toneladas cada uno, es lo que los protegió de desplazamientos y robos, y nos permite hoy admirarlos en el lugar en el que fueron emplazados hace más de dos milenios. No corrió la misma suerte el bellísimo relieve del león con el horóscopo, que se considera la representación más antigua del mundo de planetas y estrellas. La imagen tallada muestra una posición de los astros que sólo volverá a repetirse 25.000 años después de aquella alineación.

Pero Antíoco no sólo levantó el túmulo del monte Nemrut. Participó a toda su familia de sus ansias de trascendencia y en otros picos de la zona replicó el modelo de túmulo para ellos, aunque sin las megaesculturas del Nemrut. A unos 10 kilómetros en línea recta se ubica Karakuç, dedicado a las mujeres de la familia: su abuela paterna Isias, su hermana Antioquis y su hija Aka. Un poco más allá, otro para sus antepasados de linaje real, excepto para su padre, Mitríades, que se le había anticipado en el afán constructor y tenía su propio túmulo en Eski Kale.

Este es el legado de Comagene: picos artificialmente puntiagudos en la cordillera del Tauro que nos marcan los túmulos, y los fabulosos colosos de piedra coronando el monte Nemrut. De la historia del reino, pocas páginas de gloria.

Datos útiles

Cómo llegar. Desde Estambul, vía aérea por Adiyaman o Sanliurfa, los aeropuertos más cercanos a Kahta (65 km desde Adiyaman y 170 desde Sanliurfa, por buenas carreteras). Kahta es el pueblo más próximo al monte Nemrut y se ubica a 50 km