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La infidelidad masculina vista por la ciencia

Hace unos meses aseguraron que la proclividad del hombre a la infidelidad se encuentra en la estructura de su cerebro |Foto: El Tiempo |Colombia

Hace unos meses aseguraron que la proclividad del hombre a la infidelidad se encuentra en la estructura de su cerebro |Foto: El Tiempo |Colombia

Más allá de las tesis evolutivas, ya se sabe que un gen la potencia. Cultura y psicología, claves

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Solo el 5% de los machos mamíferos son monógamos. A veces esta condición suele permear, de manera literal, a los hombres, al punto que algunos llegan a pensar que la infidelidad es una impronta en los genes masculinos.

Pero más allá de las discusiones de género en las que, erróneamente, el machismo se relaciona directamente con la promiscuidad y la feminidad con la sumisión, la ciencia ha aportado algunos conceptos que permiten entender la infidelidad masculina.

Hace unos meses, Adriana Morales y Armando Ferreira, investigadores del área de Neurociencias del departamento de Biología de la Reproducción de la Universidad Autónoma Metropolitana de México, aseguraron que la proclividad del hombre a la infidelidad se encuentra en la estructura de su cerebro.

“En el cerebro masculino predomina la inclinación hacia el sexo y en el de la mujer, el compromiso. El hombre no se embaraza, copula y copula porque su cerebro está impregnado permanentemente de testosterona, que lo impulsa a la acción, mientras que los cambios hormonales, propios de la mujer, promueven conductas maternales y de compromiso”, escribieron en un ensayo sobre estrategias reproductivas.

Pero de acuerdo con los autores, el asunto de la infidelidad no obedece únicamente a diferencias funcionales del encéfalo, sino que también es producto de variaciones en la estructura y la forma del cerebro entre hombres y mujeres. La amígdala cerebral, por ejemplo, encargada de regular las emociones básicas de la supervivencia, madura más rápido en las mujeres, por lo que tienden a frenarse más que los varones ante situaciones de riesgo, como el sexo con extraños.

Otros estudios, por el contrario, no generalizan la infidelidad masculina y la dejan al vaivén de los receptores de vasopresina (otra hormona), que, según Ferreira, pueden ser de tres tipos y, dependiendo del que predomine, tornan al hombre monógamo o infiel.

Por supuesto que el tema da para todo tipo de inferencias. Para la muestra está un estudio reciente de London School of Economics, que sugería que la inteligencia ha demolido evolutivamente la poligamia y que la monogamia es una conducta derivada de la evolución intelectual de los hombres. En síntesis, el promiscuo conservaría rasgos de brutalidad e involución.

Ahora, con el impulso de la genética en la última década, el asunto de la infidelidad –sobre todo la masculina– ha sido relacionado con la presencia o carencia de algunos genes.

Una investigación del encumbrado Instituto Karolinska de Suecia, dada a conocer en el 2008, concluyó que una variación del gen 334 multiplica en los hombres el “riesgo de experimentar conflictos en su relación de pareja y de divorciarse”. En otras palabras, dos de cada cinco varones que cargan con este trozo diferente de ADN tienden a buscar entretención con otras mujeres. El estudio fue publicado en Proceeding of the National Academy of Sciences, lo que lo arropa de gran rigor.

Por si fuera poco, no faltan los expertos que le encuentran una justificación evolutiva, ligada a la preservación de la especie, a la predisposición varonil a tener varias parejas simultáneamente. Según el biólogo evolucionista Richard Dawkins, esto aumenta las posibilidades de dejar en la tierra más hijos con su material genético, con lo que trasciende biológicamente.

En la otra orilla están quienes consideran que estos planteamientos, aunque abren una interesante ventana de debate, no dejan de tener un tinte machista que choca con la concepción posmoderna que cualifica las relaciones de pareja en un contexto de valores, principios y respeto, modulados por la racionalidad, que permite doblegar al inconsciente.

Por ese sendero transita el psiquiatra Richard Friedman, de la Universidad de Cornell en Nueva York, que insiste en que si bien la infidelidad puede obedecer a la genética o a otros factores su manifestación depende de las características de cada uno. “No escogemos nuestro bagaje genético, pero sí podemos controlar las emociones y los impulsos que esa carga crea”, dijo en una columna reciente en The New York Times.

Es cuestión de principios, dice la psicóloga Sandra Herrera: “Es equivocado plantear que la infidelidad masculina es una marca indeleble en el cromosoma Y. Si un hombre quiere ser fiel en armonía con sus bases morales, lo será por encima de todo; si esas bases flaquean o no existen, será infiel, así no tenga la variación del alelo 334”.

La intención del adúltero es degradar

No todo se orienta al campo orgánico en esta materia. El psicoanalista colombiano Arturo de la Pava Ossa, en su libro Todos los hombres son infieles, del cual acaba de lanzar la segunda edición, le arranca el tema a la biología y lo ubica en el terreno de la estructura psíquica del varón. “Si para la mujer es prohibido ser infiel, el hombre lo es con la intención de degradar a su objeto sexual –dice De la Pava–. En casi todas las culturas, la mujer adúltera siente el peso de la culpa y del castigo, mientras que el hombre tiene el franco derecho a ser polígamo, porque ese gesto que degrada a su pareja lo reafirma como macho”.

Pero lo anterior no es espontáneo. De acuerdo con el especialista, esta infidelidad masculina es la expresión de una venganza en el orden de lo sexual y no del sentimiento, provocada por la frustración del primer amor que permea la vida emocional de los hombres: el amor por su madre.

Frustración condicionada, dentro de la dinámica psiquiátrica, por saber que su mamá lo ama pero tiene relaciones sexuales con otro hombre (su padre), lo que incuba un sentimiento inconsciente y progresivo de venganza que se desborda al crecer y que los hombres proyectan sobre su pareja, siéndole infieles.