• Caracas (Venezuela)

GDA

Al instante

Un ícono con todas las estrellas

El hotel fue diseñado y construido para alojar a los pasajeros del Orient Express / Foto jumeirah.com

El hotel fue diseñado y construido para alojar a los pasajeros del Orient Express / Foto jumeirah.com

El Pera Palas era la última parada del Orient Express y donde aristócratas, escritores, estadistas o espías sorbían whisky, escribían libros que pasarían a la historia o dejaban misterios sin resolver

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Esa misma puerta la atravesaron Mata Hari, Alfred Hitchcock, George V, Guillermo II de Alemania, Francisco José I de Austria, el Zar Nicolás, Eduardo VIII, Sara Bernhardt, Josephine Baker, Greta Garbo, Jacqueline Kennedy, Isabel II de Inglaterra, León Trotzky, Pierre Loti, el mariscal Tito y acaso hayan sentido algo parecido a lo que sentimos nosotros.

Desde los minaretes los muecines llaman a orar. Al otro lado del Cuerno de Oro el atardecer tiñe de dorado las cúpulas de Hagia Sofía y la mezquita Azul. En el Orient Bar del Pera Palas un par de solitarios viajeros muy lentamente toman su whisky. Esa misma barra acompañó las cavilaciones de aristócratas y espías, de estadistas y amantes de estadistas, de escritores consagrados y de otros que lo serían más tarde.

Todo está calmo pero la historia del lugar enciende una cierta tensión. Los protagonistas ya han muerto, pero algo de sus intrigas pareciera perdurar entre los ramos de flores que generan estallidos de color en una atmósfera algo abigarrada de muebles de época y pesados cortinados. Luego de dos años en obra el hotel repintó antiguos blasones a un costo de 30 millones de dólares.

El hotel fue diseñado y construido para alojar a los pasajeros del Orient Express que desde dos años antes tenía en esa ciudad su estación terminal. La compañía propietaria del tren -que tenía el larguísimo nombre de Compagnie Internationale des Wagons-Lits et des Grands- decidió hacer esa inversión para que la estadía de los clientes estuviera a la altura de sus hábitos y refinamiento en la ciudad sede de los sultanes que gobernaban el Imperio con aires extravagantes.

En una sala adyacente al lobby vemos un extraño medio de transporte que se exhibe como testimonio de las excentricidades pasadas. Se trata de un palanquín con el que se llevaba al pasajero (eran individuales) desde la estación Sirkeçi a la que llegaba el Orient Express hasta el Pera Palas en la otra orilla del Cuerno de Oro. En realidad Pera (en griego “el otro lado”) se llamaba ese barrio desde la edad media. Desde principios del siglo XX se llama Beyolu. Fortachones portadores de a pie se hacían cargo de tal menester.

En el interior la sofisticación se hace evidente cuando al tomar un ascensor de muy antigua apariencia leemos que fue el segundo de Europa y que a decir del escritor británico Daniel Farson “es el más bello del mundo asciende como una señora que hace una reverencia. Los turistas no pueden quitar sus ojos de este ascensor hermoso y aristocrático”.

Lugar inspirador. Todo en el Pera despierta fantasías. Acaso que tantos escritores lo hayan tomado como fuente de inspiración de sus historias o hayan escrito páginas muy trascendentes del ámbito literario en sus salones o habitaciones contribuyó fuertemente a esa sensación.

Ernest Hemingway, que como sabemos metió sus narices en varias guerras, fue enviado por la empresa Hearst a cubrir la guerra de los turcos contra los griegos en la segunda década del siglo XX. Parece que solo el whisky lo rescataba del disgusto que le causaba Estambul. Sin embargo, escribió allí Las nieves del Kilimanjaro, novela en la que uno de sus protagonistas se aloja en el Pera.

En el El tren de Estambul, de Graham Greene, el personaje Carleton Myatt toma té en el restaurante ruso del Pera. El escritor británico Eric Ambler, hace que el protagonista de su novela La máscara de Dimitros, Charles Latimer, se encuentre allí con otro personaje. Ian Fleming lo menciona en Desde Rusia con amor y Alfred Hitchcock -que también fue huésped del hotel- lo incorporó al guión de Alarma en el Expreso. Por su parte Pierre Loti, que hizo famosa una colina cercana por sentarse cada día a ver el atardecer, ocupaba la habitación 108.

Pero quien dejó su huella más profunda fue Agatha Christie. En la habitación 411 escribió su famosa novela Asesinato en el Orient Express (1934). La escritora estuvo alojada allí en 1924 y 1932.

La productora Warner Bros se propuso hacer una película con ese libro. Y para promocionarla y generar atención periodística tuvo la ocurrencia de contratar a una vidente, Tamara Rent, para que dijera qué había pasado con Agatha Christie durante los once días en los que la escritora no había anotado nada en su diario. Ella era tan meticulosa que todos los días de su vida había escrito lo que había hecho. Pero esos once días estaban en blanco.

La vidente dijo que lo que conduciría a saber qué le había ocurrido era una llave escondida en la habitación 411 del Pera Palas. Con gran cobertura mediática se documentó cuando levantando un listón encontraron la llave que nunca condujo a nada. Pero desde ese momento ese cuarto quedó impregnado de un mayor misterio.

Mala suerte. Los viajeros solemos entrar a los lugares más sofisticados para husmear qué hay dentro. No importa cuán inapropiado sea nuestro atuendo. Nadie nos detendrá, pues nadie sabe qué se esconde detrás de un desconocido de mala traza. Pero hace muchos años hubo quien no pensó así.

Una de las leyendas que los responsables del hotel perjuran que es cierta tiene que ver con la vez en que un empleado del hotel echó sin miramientos a un hombre muy mal vestido (“como un pastor griego” diría el empleado en su defensa) que había entrado al lujoso lobby pidiendo alojarse. Corría el año 1915, plena guerra.

El personaje en cuestión era Prodromos Athanasiades, más conocido como Bodosakis, poderosísimo industrial de origen griego, multimillonario fabricante de armas, que no dudó en comprar el hotel y echar de mala manera al atrevido conserje.

Crímenes en serio. No fueron sólo de ficción los crímenes que el Pera Palas inspiró. El 11 de marzo de 1941 el embajador británico en Bulgaria, Randall, llegó a Estambul a bordo del Orient Express. En ese momento los aliados estaban llevando la peor parte en la guerra. Apenas llegó al hotel se dirigió inmediatamente al bar. En ese momento en el lobby estalló una bomba colocada en una valija matando a seis pasajeros del tren que estaban esperando que les asignen sus habitaciones. El gusto por el whisky salvó al diplomático.

Las trampas de Atatürk. Mustafa Kemal, más conocido por Atatürk, es considerado el padre de la Turquía moderna desde que fundó la República y la presidió a partir de 1923. Se alojaba en la habitación 101, pero a veces no lo hacía solo. Una de sus amantes más famosas era Zsa Zsa Gabor, estrella de Hollywood de origen húngaro.

Hoy esa habitación se ha convertido en un pequeño museo en el que se exponen objetos personales del estadista y que ha permanecido tal y como era cuando la ocupaba.

Me quedo sentado largo rato en el salón Kubbeli, imaginando historias, recreando en mi cabeza aquellos encuentros y el aire de sus protagonistas. Pido mi té -earl gray y no turco, pensando que sintonizaba mejor con la escena. Me lo sirven en la platería Christofle, la misma que perdura desde el día de la inauguración.

Desde algún rincón que no alcanzo a divisar un pianista toca algo más bien melancólico que acompaña muy bien la escena. Por un instante me vi llegando en palanquín desde la estación Sirkeçi. Por suerte la alucinación duró poco y mi cabeza retornó enseguida al mundo real para seguir de viaje.