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True Detective, mucho más que una serie de culto

Matthew McConaughey y Woody Herrelson protagonizaron la primera temporada de True Detective |

Matthew McConaughey y Woody Herrelson protagonizaron la primera temporada de True Detective |

La serie True Detective es mucho más que una clásica serie de detectives. Es una apuesta ambiciosa, con referencias literarias y visuales poco comunes que la convierten en un desconcertante retrato del mal

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La serie del año 2014 tiene cuatro nombres seguros en su árbol genealógico. Y si la seducción establece un orden, este sería: los actores Matthew McConaughey y Woody Harrelson, el guionista Nic Pizzolatto y el director Cary Joji Fukunaga, todos productores, además.chas raíces. Ahí están los universos desquiciados y rústicos de Cormac McCarthy, el Sur Profundo y endogámico de Faulkner, el recuerdo de aquella Laura Palmer lyncheana de la serie Picos Gemelos (Twin Peaks, de la cadena ABC), el homenaje sutil a Los sospechosos de siempre de Bryan Singer, las atmósferas ominosas y evanescentes de H.P. Lovecraft y de otros autores congregados en torno a los "mitos de Cthulhu", la filosofía remixada de Nietzsche, la alusión directa al gran Ambrose Bierce y su creación de "Carcosa" pedida en préstamo por el Robert W. Chambers de El Rey de Amarillo, el guiño a los procedimientos serenos de Eliot Ness en Los intocables, la literatura sobre las muertas de Juárez, y un sinfín de referencias. Desde luego no es una apuesta vulgar.

Se trata de True Detective. Y que una serie de televisión de ocho capítulos, o miniserie, o filme de ocho horas -como también la han definido- presuma de tanto no es poca cosa. Porque además ninguna de esas narrativas opacan el renglón principal: True Detective es un prolijo policial de típica "pareja de detectives" que explora a fondo la relación entre ellos, que ostenta un humor verbal corrosivo, una dosis mediana de violencia explícita, una dosis discreta de sexo y mucho morbo insinuado. Y sin más percance automovilístico que un farol roto: otra razón para aplaudirla. En plena era digital, Fukunaga y equipo la rodaron en 35 mm, el director de fotografía australiano Adam Arkapaw le dio una envolvente arquitectura visual (inspirada en la estética del fotógrafo Richard Misrach y su clásico libro Petrochemical America, cuyas fotos están en la presentación de la serie), y el músico "T-Bone" Burnett hizo entrar a medio mundo en el asunto cuando eligió de cortina musical el tema "Far From Any Road" de la banda country The Handsome Family. ¿Hay más? Sí, hay.

TÓPICOS

True Detective tiene en su centro una anécdota de manual desplegada en tres líneas temporales. Una pareja de detectives del Departamento de Homicidios de Louisiana debe investigar un crimen ocurrido en los campos de Erath: la víctima encaja en un perfil de prostituta y drogadicta, la escena del crimen tiene componentes rituales, y el o los probables autores irán dando el tipo del asesino serial, sexópata y pedófilo. Eso ocurre en 1995 y frente a Dora Lange, asesinada a puñaladas e iconizada -desnuda, de rodillas, atada, tatuada y con una cornamenta de ciervo en la cabeza- están los detectives Marty Hart (Woody Harrelson) y Rust Cohle (Matthew McConaughey). Desde luego, son el agua y el aceite. Marty es la masculinidad catártica en acción: lenguaje llano y modales ordinarios, visceral y sensible con todos los rasgos del clásico "violento", casado y con hijas pero capaz de llevar una vida paralela de infidelidad y de justificarla como un soporte necesario para aguantar las presiones del trabajo. Rust es el policía hierático que carga con un pasado familiar doloroso (la muerte de su hija, la separación conyugal), capaz de lo que sea para lograr la confesión de un culpable, y portador de un alfabeto considerable y de una filosofía de la existencia demasiado rica para el contexto que habita.

Al caso "Lange" le salen al cruce otros más, de niños desaparecidos años atrás, posiblemente vejados o muertos, en episodios vinculados a ritos sacrificiales y diabólicos y a la aparición y clausura de escuelas privadas donde, por supuesto, hay involucrados personajes políticos, dinero, agentes de la ley, etc. Nada que no hayamos visto.

La segunda línea es en 2002, cuando Rust y Marty trabajan juntos luego de haber resuelto en apariencia el caso de 1995, y su compañerismo se rompe por envidias laborales y deslealtades personales. Y la tercera es el presente del relato, un 2012 que los vuelve a unir -ya más viejos, retirados de la fuerza y dedicados Rust a regentear un bar y Marty a la investigación privada- cuando son interrogados por dos detectives negros (Papania y Gilbough) que persiguen varios objetivos: averiguar qué ocurrió realmente en 1995, qué misterio esconde Rust y qué conexión tiene aquel caso con la aparición de otro de similares características recién ocurrido. Los tres relatos se cruzan y se imbrican en un guión de flashbacks y flashforwards, atados y centralizados por varios denominadores comunes que son, cómo no, tópicos del género. Las mujeres que son o prostitutas o esposas desencantadas o locas de atar. Los tipos que son el pozo de la abyección -los criminales explícitos, de grueso abdomen, tatuajes generosos y mirada de psiquiátrico, o los encubiertos que nunca aparecen- y los que son el reducto de la justicia real y abyecta, Marty y Rust, provistos de la "mirada de policía" sui generis. Más el paisaje complaciente en esa irrealidad del mal: la planicie pantanosa que huele a aluminio y cenizas, según descripción repetida de Rust Cohle, un tipo tan misterioso que hasta un fabricante de droga de los pesados le puede decir con toda razón: "hay una sombra en ti, hijo".

Así comienza a desarrollarse True Detective, con lentitud y hasta con parsimonia, sin grandes alardes, excepto el del lenguaje. Aunque para dejar en claro que, si quieren, saben cómo hacerlo, sus autores (aquí cabe hablar de Autores: guionista y director con todo el proyecto al hombro) realizaron un ejercicio sobresaliente de técnica en la persecución con largo plano-secuencia al final del capítulo cuatro. En casi todo el resto la acción está suplida con diálogos y el desenlace mismo, con truculencia y todo, importa menos que el viaje hacia él y que lo que esa resolución, como metáfora, implica. True Detective no termina con esa captura del criminal largamente buscado y presente desde el inicio, sino que se repite, llevándonos de nuevo a su interior, a su ciudad prohibida, la "Carcosa" aludida por varios personajes, donde lo peor no sería la muerte. Porque la muerte clausura y limpia. Que Rust y Cohle de milagro permanezcan vivos no es una concesión redentora a la audiencia, como se podría suponer, sino lo contrario. La imagen de un Rust bíblico con apariencia del Jesús publicitario no es la del resucitado, sino la del que no fue admitido en los cielos.

EL ARTE DE INTERROGAR

"Hagan las putas preguntas correctas", dice Rust a los interrogadores Papania y Gilbough al final del primer capítulo, después de haber pautado él mismo con impagable cinismo las reglas del interrogatorio, exigiendo cigarros y cerveza para dar su versión de los hechos. Ahí comienza el meollo de una serie donde lo que más brilla es Rust (el papel por el que un McConaughey insuperable debió ganar otro Oscar además del que obtuvo por Dallas Buyers Club). Rust y su arte de interrogar y de responder, haciendo las preguntas correctas, jugando a la empatía con el reo o el indagado, y fraguando la mentira propia desde una musculatura facial hipnótica. Ahí es donde True Detective se luce, más que cualquier La Ley y el Orden o CSI que hayamos visto.

La lista de interrogatorios de True Detective podría clasificarse en tres grupos. Primero está el de un día casi completo al que son sometidos Rust y Marty (hasta el fin del capítulo quinto el primero y comienzo del sexto el segundo) y brevemente la esposa de Marty (Michelle Monaghan) en el sexto, y la tónica es la yuxtaposición de la verdad visual que recibimos los espectadores a modo de flashback y la mentira verbal que reciben los interrogadores. Hay mentiras que definen el tour de force narrativo de la serie como aquella del capítulo quinto en que tanto Rust como Marty dan su versión de lo ocurrido cuando mataron a uno de los criminales (Ledoux) y lo que vemos en pantalla no es lo que relatan; podría decirse como en "Emma Zunz" de Borges que lo que cuentan se impone porque "sustancialmente es cierto". O aquella del capítulo tres cuando Marty da todo un discurso sobre la importancia de la familia mientras el espectador lo ve desquiciado en un ataque de celos por su amante.

El segundo grupo de interrogatorios es el que llevan adelante los protagonistas -sobre todo Rust- con los distintos reos o testigos, y hay momentos de antología a la hora de extraer datos o confesiones: el interrogatorio a Charlie Lange, a la madre con síndrome de Munchausen, al ladrón de farmacias.

Y el tercero es el interrogatorio implícito que nosotros-espectadores le hacemos a la serie, y el que ella nos hace a nosotros. Dónde está el Mal y qué es, dónde la Justicia, dónde la Moral. La escena en que por única vez Rust interroga sin profundizar se desarrolla en los campos de una escuela abandonada bajo el imperio de un cartel que dice "Dios está trabajando": el que trabaja es Childress cortando el pasto, y el detalle identificativo de su rostro se pierde. Y vuelve a perderse diecisiete años después, cuando Papania y Gilbough en una situación análoga pero en un cementerio lo interrogan sin saber frente a quién están, en una de las tantas demostraciones palmarias de la serie: el Mal es tan notorio como invisible.

Tanto Rust como Marty, a su modo, comparten cartel de mesianismo y locura con tipos como Ledoux y Childress -los asesinos por naturaleza-, y al igual que ellos se comportan como dioses impartidores de justicia por mano propia, además de ser bebedores compulsivos, violentos y con dificultad para empatizar de verdad con alguien. Rust asume frente a una prostituta que puede hacer cosas terribles y con total impunidad a las personas simplemente porque es policía, y recuerda haber matado a un tipo que le inyectó "cristal" a un bebé; la golpiza de Marty a los amantes apenas mayores que su hija adolescente es memorable, así como su ajusticiamiento a quemarropa del psicópata Ledoux. Pese a eso, la seducción de la ley los ampara para el espectador: oscuramente, pero siguen siendo, como cualquier vengador anónimo, nuestros héroes.

EL ETERNO RETORNO

En general los finales de las grandes series generan muchas expectativas y pocas satisfacciones. También dividen las aguas. En distintas entrevistas Nic Pizzolatto se declaró partidario de un molde tradicional, sin vueltas de tuerca raras. Por un lado la alusión a Carcosa podía dar pie a un final sobrenatural, y también había pistas para suponer un culpable dentro de la dupla de detectives. Que nada de eso ocurra le da a esta primera temporada de True Detective (se anuncian otras, con diferentes repartos e historias) una cohesión magnífica, y la circularidad metafísica de los grandes relatos. Lo que ocurre es lo que Rust pronosticó durante toda la serie: que éste es un mundo donde nada se resuelve, que bajo la ilusión de identidad de cada individuo espera un monstruo, y que todo se repite. En esa lectura, bajo la escenografía templaria de Carcosa ocurre una epifanía, en este caso un reconocimiento de la monstruosidad interior.

Por otro lado, la muerte de Childress copia la de Ledoux sin llegar al fondo del asunto -porque está claro que ambos son apenas piezas de un inmenso puzzle-; la reconciliación familiar de Marty repite otras que tampoco duraron; su regalo a Rust de la cajita con los cigarros recuerda (con el humor singular de todo True Detective) a la otra cajita que ya había regalado (la que contenía las esposas para la amante); y la "conversión" del oxidado Rust en un ser más luminoso y esperanzado es apenas otra mutación en el personaje más proteico de una serie donde vimos por lo menos a cinco "Rust" cambiando gatopardianamente para ser el mismo. En este contexto su parlamento final de que la luz le está ganando a la oscuridad puede ser creíble más como la instantánea sentimental de un convaleciente que como el retrato acabado y lúcido de un converso. Sobre todo porque esas palabras aún son dichas bajo el cielo negro de Louisiana, donde seguramente el cartel de carretera donde una niña pregunta quién la mató, mostrado como al descuido por dos veces, sigue colgado ahí, tan campante.