• Caracas (Venezuela)

GDA

Al instante

En duda las vacaciones fuera de la Tierra

El boleto espacial cuesta 52 millones de dólares / Foto: El País/Uruguay/GDA

El boleto espacial cuesta 52 millones de dólares / Foto: El País/Uruguay/GDA

Además de lo costoso y el entrenamiento físico y psicológico necesarios, la duda del turismo espacial es qué tan seguro es viajar a un lugar plagado de peligros 

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

“Me gustaría decir que estoy orgullosa y entusiasmada, y para mí es un honor ser parte del programa espacial ruso y ser una cosmonauta en entrenamiento”, aseguró en enero la cantante inglesa Sarah Brightman. Esto era parte de los planes que la llevarían a ser una integrante más del exclusivo grupo de turistas espaciales que han pasado algunos días en la Estación Espacial Internacional (EEI). Algo que quedó suspendido “por razones familiares” hasta nuevo aviso. Si ella vuelve al entrenamiento, que dura casi un año, se convertiría en la octava persona que va a la EEI en calidad de turista, algo que no todos ven con buenos ojos.

Aunque hay proyectos de hoteles espaciales que permanezcan en órbita, aún no está claro quiénes podrían llegar a ser sus pasajeros. Dejando a un lado lo que cuestan estos paquetes turísticos —Brightman estaba dispuesta a desembolsar 52 millones de dólares—, y si se piensa que los astronautas pasan años entrenándose física y psicológicamente para ir al espacio, ¿cómo se garantizaría la seguridad de los turistas con solo unos meses de preparación? La respuesta no es nada simple.

Por necesidad. Desde que la exURSS se desmembró, el programa espacial ruso tuvo que salir a buscar nuevas formas de financiamiento, cuenta Mauricio Henríquez, investigador del área del espacio de la chilena Universidad Austral, sede Puerto Montt. Así nació el turismo espacial. El problema es que el “hotel” es la EEI y, a pesar de que Rusia tiene un módulo propio, si ocurre una emergencia, esta implicaría a todos quienes estén en ese momento en órbita. “Si hay que hacer una evacuación y salvar personas, el turista no va a ser muy útil, ya que ellos tienen un entrenamiento mucho más básico”.

Como parte de las pruebas del Centro de Entrenamiento Yuri Gagarin, en Rusia, Sara Brightman tuvo que resistir tres días a la intemperie a -16 °C, con lluvia y nieve. Además, armó su propia carpa con ramas del bosque y un género aislante. Durante ese tiempo, ella y sus acompañantes solo recibieron raciones de ciruelas deshidratadas, queso cottage en polvo, galletas, chocolate, café, té y azúcar.

La idea de estos entrenamientos es saber cómo la gente va a reaccionar frente a situaciones extremas. Por ejemplo, una falla en el sistema de climatización de la EEI puede exponer a sus ocupantes a un frío extremo, explica Henríquez. “O podrían tener que racionar alimentos pues los suministros no llegan por accidentes de los cargueros”, como ya ha pasado.

Pruebas que incluyen vuelos parabólicos para llegar a microgravedad y ver cómo se comporta el cuerpo también son esenciales, dice Klaus von Storch, ingeniero aeroespacial y astronauta chileno. “Determinar si la persona no logra mantenerse despierta o tiene problemas estomacales durante el ascenso es importante para eventuales emergencias”, cuenta.

Las cámaras centrífugas también simulan la sensación de despegue y las fuerzas G a las que se estaría sometido. “La cámara tiene distintos programas de entrenamiento según se trate de un piloto experimentado o de un turista”, continúa. En el segundo caso, la persona tiene tiempo para acostumbrarse de a poco.

Las piscinas que imitan la falta de gravedad sirven para que los viajeros se acostumbren a esa sensación. Incluso se hacen pruebas en Tierra para aprender a utilizar el baño de la EEI, donde todo se “aspira” directamente.

El problema es que nunca se puede reproducir exactamente lo que se sentirá. Esto es parte de la aventura para algunos, pero incluso los astronautas más experimentados pueden pasar un par de días sin apetito porque tanto el viaje como la falta de gravedad producen mareos, desorientación y dificultades para realizar en forma normal las actividades fisiológicas.

Ahora bien, estos “pequeños” inconvenientes no son los únicos. Si este tipo de turismo se masifica —China está pensando en entrar en este mercado—, el filtro no solo será el dinero, lo que podría generar situaciones de emergencia.

El espacio expone al cuerpo a condiciones extremas, dice Henríquez, por lo que quienes tienen colesterol alto, riesgos cardíacos o diabetes quedarían automáticamente descartados. También tendrán que pasar pruebas psicológicas, las que incluyen desde antecedentes familiares, pasando por tener las características mínimas de sociabilidad, hasta el padecer o no de claustrofobia. “Finalmente el turista viaja en un espacio que no es más grande que una cabina telefónica y luego se queda en un lugar equivalente a unos pocos buses juntos”, dice.

Es difícil saber cuándo este tipo de viajes se masificarán y abaratarán. Igual, implica desarrollos que trascenderán esa industria y beneficiarán a quienes se quedan con los pies en Tierra.