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Por las calles sin tiempo de la Ciudad Museo

Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, por la noche, la música brota por todos lados / Foto Alfredo Leiva

Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, por la noche, la música brota por todos lados / Foto Alfredo Leiva

Situada en el centro de Cuba, a unos 300 km de La Habana, a Trinidad se la reconoce como una de las poblaciones coloniales mejor conservadas de América

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En esta ciudad todo parece detenido en el tiempo, aún más que en el resto de la isla. Por sus calles de piedras redondeadas, colocadas siglos atrás por esclavos, transitan carros tirados por caballos. También hay bici-taxis y los autos coloridos de la década del cincuenta tan típicos de Cuba, aunque, con tareas de restauración en marcha y avanzadas, el casco antiguo de la ciudad está prácticamente vedado al tránsito de vehículos motorizados. Es recomendable recorrerlo caminando y con calzado cómodo.

En 1988 la ciudad, de 70.000 habitantes, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Ya contaba desde 1965 con el título de Monumento Histórico Nacional.

La llaman la Ciudad Museo. Cada calle mantiene un encanto especial, con casas bajas, muy coloridas, de tejas coloniales y ventanales altos custodiados por rejas de hierro forjado.

Capital del municipio del mismo nombre, Trinidad se encuentra en la región central de Cuba, en el sur de la provincia de Sancti Spíritus. Tercera villa fundada por la Corona española en la isla, en 1514, llegó a ser una de las poblaciones más prósperas de las Antillas.

Hoy recibe la onda expansiva que cruza todo el país desde la habilitación oficial de los pequeños comercios familiares: la mayoría de las casas del casco antiguo tiene alguna habitación que da a la calle, adaptada para la venta de artesanías, productos regionales, tejidos o pinturas.

Otras, mejor equipadas, se han transformado en “paladares”, los restaurantes de comida criolla atendidos por sus dueños, que en su mayoría no cuentan con más de cinco mesas. El menú exhibe poca variedad: carne de cerdo, pescado, arroz blanco o congrí (con caraotas negras) y, en algunos casos, langosta o camarones.

Cerca de la Plaza Mayor, hay casonas del 1700, repletas de muebles de época y arañas de cristal, con vajilla de plata o alpaca, en las que uno se puede sorprender al encontrar una habitación decorada como tal, pero con una mesa servida para seis comensales... al pie de la cama.

La infraestructura hotelera está voluntariamente limitada con el objetivo de conservar el estilo colonial y pueblerino. Por eso abundan las casas particulares que alquilan habitaciones, una modalidad muy frecuente en toda la isla y con buena relación precio-calidad de servicio.

La música y la vida cultural, en general, están entre los principales encantos de Trinidad. No hay esquina sin un grupo de músicos que ofrecen su show y abundan las casonas de puertas abiertas con grandes ventanales que ofician de galerías de arte con pinturas y dibujos.

En la Casa de la Trova, Ismael Moreno cuenta las historias más increíbles acerca de las canciones de los grandes trovadores de Cuba. Hombre de ojos rasgados, sentado con su guitarra, es un gran guía turístico del cancionero cubano y explica el trasfondo de las letras que compusieron Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola cuando formaron la Nueva Trova Cubana. “Silvio hizo poesía y canciones de su dolor cuando su primera mujer se fue a Chile”, afirma antes de entonar la popular canción “Ojalá”. Luego habla de cuando el más popular de los trovadores de la isla prestó servicios en la Guerra Civil de Angola, como parte de la llamada brigada artística o cuando regresó y compuso cuarenta canciones en solo siete meses al vivir frente al enorme cementerio Cristóbal Colón de La Habana.

Plaza Mayor. El movimiento en la ciudad comienza tarde, a media mañana, cuando empiezan a llegar los colectivos de turistas que realizan una excursión por el día, provenientes de La Habana o Varadero. Para los que prefieren tranquilidad es ideal recorrer las calles temprano, pero es difícil encontrar entonces algo abierto. Es complicado poder tomar un café por esas horas, salvo en el Café Don Pepe, un recomendable patio colonial con un enorme árbol en el centro, rodeado por una fuente de mosaicos y una pared de estilo andaluz, a pocos metros del Convento San Francisco de Asís.

Temprano, incluso antes del amanecer, comienzan a circular por las calles los vendedores de pan. Retiran el pan recién horneado de las panaderías estatales y salen en bicicletas con canastos o cajas de cartón.

Más tarde se suman al elenco de vendedores callejeros los que ofrecen tiras de cebollas y ajos, verduras frescas y frutas de estación. Y no deja de sorprender cuando algún hombre lleva un cerdo atado de una soga al cuello, como si se tratara de una mascota, caminando a la par.

La Plaza Mayor es el gran punto de encuentro para el turismo, punto de partida lógico para los tours. Tiene un parque rodeado por un muro bajo y rejas de hierro, con un puñado de palmeras en su interior que poco refugio ofrecen para el sol caliente que se siente con fuerza todo el año.

Alrededor de la plaza están los emblemáticos Palacio Brunet, hoy sede del Museo Romántico, donde se exhiben muebles y objetos de decoración de estilo europeo; la Casa Padrón, donde se encuentra el Museo de Arqueología Guamuhaya, dedicado al período precolombino, y el Palacio Ortiz, donde aseguran que vivió el conquistador Hernán Cortés. Dos de sus plantas albergan una completa galería con exposición y venta de obras de artistas de la región, generalmente en óleo sobre lienzo.

Como en toda ciudad colonial, también frente a la plaza está la iglesia mayor, en este caso la Santísima Trinidad, que data de fines del siglo XIX. En el interior, detrás de su sobria fachada, espera un Cristo de la Vera Cruz esculpido en España en 1731 y un altar de madera noble.

Entre el mar y las sierras. Trinidad es una ciudad que invita a relajarse. Su ritmo apacible se contagia sobre todo por la pesadumbre del clima. Por eso la puesta del sol se espera con ansias.

Al caer la tarde se puede obtener la mejor vista de toda la ciudad y hasta del mar Caribe, ubicado a unos 15 kilómetros, y la silueta de las Sierras de Escambray. Desde la torre del Convento de San Francisco de Asís, junto al campanario, se aprecia las callejuelas empedradas, que no siguen un curso recto; los tejados, que se multiplican en todas las casas; y el límite con la zona moderna, donde comienza el asfalto y la gente permanece durante horas sentada en la vereda, conversando entre vecinos o en familia, aprovechando la brisa que la noche trae después de una jornada de calor intenso.

En el mismo edificio de lo que alguna vez fue un convento se puede recorrer el Museo de la Lucha contra Bandidos, que transita la historia de los que se alzaron contra el gobierno de la Revolución entre 1960 y 1965, y exhibe fotografías, planos y hasta una embarcación presuntamente norteamericana que fue retenida en esa época junto a un trozo de avión, que se muestran como trofeos de guerra en el patio abierto.

Por la noche, la música brota por todos lados. Desde los restaurantes, las veredas y las terrazas, donde se montan pequeños bares a los que se accede por escaleras angostas. Siempre hay grupos de música cubana imponiendo el ritmo y el mojito es la bebida que reina en la mesas, con una medida de ron, hierba buena, azúcar, limón y agua con gas.

Mediodía se presenta en un restaurante del casco histórico y por la noche suele estar en la Casa de la Trova donde a pesar del nombre se escucha más la salsa, el ron o la rumba.

Cómo llegar. Trinidad cuenta con un aeropuerto, el Alberto Delgado, donde aterrizan vuelos nacionales provenientes de La Habana y de Santiago de Cuba, entre otras ciudades cubanas.

También se puede llegar a Trinidad por carretera, en Viazul (transporte terrestre para turistas). Desde La Habana, son 5:30 horas de viaje (335 km).

La agencia CubaTur ofrece excursiones a Trinidad por el día desde la ciudad de La Habana y la playa de Varadero.