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¿Por qué el atroz ataque en Kenia no impactó como el de París?

La agrupación terrorista somalí Al Shabab mató a 148 estudiantes de la Universidad de Garissa, cerca de la frontera entre Kenia y Somalia / Foto: AFP

La agrupación terrorista somalí Al Shabab mató a 148 estudiantes de la Universidad de Garissa, cerca de la frontera entre Kenia y Somalia / Foto: AFP

Los atentados contra Charlie Hebdo, en Francia, o el Museo del Bardo, en Túnez, indignaron al mundo. Muchos reprochan que no pasa igual con Kenia 

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El ataque perpetrado en la Universidad de Garissa, en Kenia, es por ahora el último de una larga serie de atentados cometidos por grupos islamistas en todo el mundo entre 2014 y lo que va de 2015. Sin embargo, muchos han apuntado que el impacto mediático de la tragedia keniana no se acerca al suscitado con los ataques en otras partes del mundo.

7 de enero: Dos terroristas irrumpieron en la redacción del semanario francés Charlie Hebdo en París y mataron a doce personas, entre ellos los dibujantes Charb, Cabu, Wolinski y Tignous, respetados a nivel mundial.

El crimen estremeció al mundo, despertando una ola de solidaridad nunca antes vista hacia un medio de comunicación y en rechazo hacia el grave atentado cometido contra la libertad de expresión.

18 de marzo: Tres terroristas de un grupo relacionado con los yihadistas del Estado Islámico irrumpieron en el Museo Nacional de El Bardo, en Túnez, y mataron a 23 personas, entre ellos a los colombianos Myriam Martínez y Javier Camelo Martínez.

La condena del mundo occidental no se hizo esperar con demostraciones de seguridad hacia Túnez, pequeño país del norte de África, que en enero de 2011 comenzó lo que hoy conocemos como Primavera Árabe.

Es natural que el atentado en El Bardo haya tenido el impacto mediático que tuvo en Latinoamérica, ya que nos acercó a la violencia yihadista, que creíamos tan lejana.

Myriam Martínez y Javier Camelo Martínez fueron las primeras víctimas latinoamericanas del Estado Islámico, en una guerra que no distingue banderas.

2 de abril: Un comando de la agrupación yihadista Al Shabab mata a 148 estudiantes de la Universidad de Garissa, cerca de la frontera entre Kenia y Somalia.

En un ritual macabro, los terroristas, aliados de Al Qaeda, separaron a los musulmanes de los cristianos y masacraron a estos últimos, en una interminable orgía de sangre.

En respuesta al brutal atentado, el Gobierno keniano ofreció una recompensa de 215.000 dólares por la cabeza de Mohamed Mohamud, supuesto autor intelectual, y bombardeó posiciones de Al Shabab en el sur de Somalia.

Las historias de los sobrevivientes dejan ver la crueldad y la sevicia con la que actuaron los atacantes, que en 2013 ya habían sitiado un centro comercial en Nairobi y matado a 67 personas.

¿Por qué, sabiendo la magnitud de lo que pasó en Kenia, no tiene tanta resonancia como lo ocurrido con Charlie Hebdo y el atentado en el Museo de El Bardo?

Todos nos hemos hecho una imagen preconcebida de África, como si condenáramos de por sí al ostracismo a un continente con problemas ancestrales de hambre, miseria y violencia.

Algo parecido obró en la mente occidentalizada cuando en los ochenta nos decían que los africanos se estaban literalmente consumiendo por el hambre y no se hizo mucho hasta que vimos el escenario apocalíptico en las sabanas etíopes. Se trataba de una realidad lejana.

También sucedió con el reciente brote de ébola, donde muchos criticaron la preocupación centrada más en los occidentales contagiados, que podían volver a curarse a sus países, que en los muertos en Guinea, Liberia y Sierra Leona.

Los hechos de París tocaron de por sí la fibra de nuestra esencia como comunicadores y los de Túnez la de nuestra sensibilidad.

Las víctimas no escogen dónde nacen, simplemente son de donde son. Este razonamiento debería servirnos para dejar de clasificar a las víctimas por su nacionalidad, credo, color de piel y sentar ya una unísona voz de protesta contra la barbarie que aniquila la vida en nombre de una verdad retorcida de la religión.