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Los Roques: Demasiado bello

Los Roques / ap

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Así se refieren los venezolanos a este archipiélago a 160 km al norte de Caracas, donde la riqueza submarina compite con el paisaje de las playas. Conozcan este destino secreto del Caribe más puro. Una comunión de arena, sol y mar en estado casi salvaje. Les dejamos algunas fotos para que se trasladen por unos minutos a este paraíso de aguas turquesas y les contamos, según  nuestra experiencia, qué sucede en un día de vacaciones allí

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Un día de vacaciones en Los Roques es así:


1) Se levantan tipo 8.30 o 9 de la mañana. Desayunan con ricos jugos de parchita, lechosa, patilla u otras frutas desconocidas, arepas, café (marca Fama, una institución). Si no lo hicieron la noche anterior, esa mañana deciden en cuál de los 300 y tantos cayos pasarán el día. Los más próximos, Francisquí y Madrisquí, suelen estar incluidos en la tarifa “all inclusive” con la que trabajan las posadas. Los demás son extras que uno elige del menú disponible y paga al final, a la hora del check out, de manera que no tienen que llevar dinero a la playa. Cada hotel trabaja con uno o varios “peñeros”, como le dicen a las lanchas. Ustedes eligen dónde, ellos los llevan.
2) A eso de las 9.45 pasa el guía con un carrito donde carga las toallas y las heladeras (cavas) con el almuerzo (un snack, una ensalada de atún o de pollo o sándwiches, frutas y galletitas). Breve caminata hasta el muelle (máximo 400/500 metros, según el alojamiento elegido).
3) 10 de la mañana. Organización a grito pelado de la cooperativa de peñeros. Madrisquí, Crasquí, Cayo de Agua, Rabusquí, Carenero. Ustedes para allá, el otro para acá. En 15 minutos no queda nadie en el muelle.
4) Al cabo de media o una hora (la más lejana de todas las salidas es la de Cayo de Agua) llegan a destino. El capitán detiene la lancha y su asistente encapuchado se baja con un caño en la mano. No teman. Todo está fríamente calculado, visten así por el sol, para evitar el protector solar y usan el caño para hurgar y clavar en la arena, con mucha destreza, la sombrilla.
5) Que cuál es su cava, que dónde quieren la sombrilla, que a qué hora quieren volver todos. Votación grupal espontánea con opciones que nunca van más allá de las 17 horas, y chau. Se van.
6) Ahí quedan ustedes, muy parecido a solo –y también, a veces, solo del todo– en una playa desierta, bajo un sol impiadoso, con una heladera que contiene la única agua dulce de todo el cayo. Les puede venir un pensamiento de náufrago, cómo no. Miran el horizonte turquesa y se preguntan. “¿Y si esta gente se olvida de mí?”. No es muy original, se los aseguro. Les pasa a todos los que se quedan en esa nada perfecta, contemplando cómo los guaripetes (lagartijas) se acercan a comer las migas de los sándwiches del almuerzo, cómo los guanaguanares (las gaviotas de cabeza negra y cuerpo blanco que son propias del lugar) intentan quitarle los peces de la boca a los alcatraces. En efecto, está a merced de los que se comprometieron en volver a buscarlo. Tienen buena memoria, no se preocupen. No hay reportes de Robinson Crusoes por negligencia, olvido o abandono. Y verán cómo, al cabo de unos días, le toman el gustito al plan.
7) A las 18, más o menos, ya están de vuelta en Gran Roque. Tiempo suficiente para pegarse una ducha, quitarse la arena y estar listo para la hora de la cena, que se sirve a las 19.30. Después, a andar por el pueblo, tomar algo en Aquarena (el más lindo de los barcitos), elegir un collar de caracoles en la mini feria artesanal, y volver a la posada a ver una peli, terminar el libro, dormir con la ventana abierta, oliendo el aire de mar.

Verán entonces que Los Roques está haciendo efecto cuando, de pronto, las preocupaciones más graves son:

1) Qué contendrá la cava para el almuerzo.
2) Qué cayo visitar al día siguiente.
3) Se está corriendo el sol y me voy a quedar sin sombra. O viceversa.

Si ya están en esa fase, relájense. Quiere decir que ya se olvidaron de todo y entraron en ritmo. El click, la epifanía anti estrés, puede ocurrir en cualquier momento: observando un pez azul esconderse en una cueva, jugando a la lotería en la calle principal con los locales, o justo antes de que se le derrita el seso al sol. No importa cuándo. Lo importante es que suceda. Y, salvo que sean marcianos, sucede y alcanza con una semana.