• Caracas (Venezuela)

GDA

Al instante

Queenstown, donde reina la aventura

La cantidad de actividades es casi infinita en Queenstown / Foto Pixabay

La cantidad de actividades es casi infinita en Queenstown / Foto Pixabay

 Lo más austral de la isla Sur, en Nueva Zelanda, es el destino perfecto, con su menú de propuestas vertiginosas e inolvidables paisajes naturales

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

 Las hayas son tan altas que el sol no llega a filtrarse entre las ramas de hojas perennes. Estas lejanas primas de los demás nothofagus de los bosques patagónicos tienen el tronco cubierto de musgo, tan espeso que podría servir de almohada a algún gnomo que quiera pasar la noche entre sus raíces. O mejor dicho algún hobbit. ya que estamos en uno de los densos bosques de la Tierra Media.

En este sotobosque oscuro y húmedo, una gran silla de madera espera a algún gigante. Mientras tanto son los visitantes, simples mortales, quienes juegan a sentirse como hobbits y se sientan uno tras otro para sacarse fotos. La escena se desarrolla en un lugar que merece plenamente el nombre que los hombres le han dado: Paradise, el último sitio habitado antes del Parque Nacional que cubre el macizo del Monte Aspiring, una de las mayores cumbres de los Alpes del Sur.

Pero no hay que buscar este lugar en mapas de la Provenza o del Piamonte italiano. Estos Alpes del Sur se encuentran en Nueva Zelanda y forman una cordillera que corre a lo largo de toda la isla sur: es allí donde está el Paraíso, bien remoto, en el extremo de una isla surcada por volcanes y glaciares. Por lo menos así lo vio Patrick Fenn, el primer colono británico en llegar hasta aquí.

Las malas lenguas dicen que, en realidad, llamó así su granja para ilusionar a su novia y hacerla venir desde Inglaterra. Lenguas peores añaden que la chica no duró en aquel paraje y se fue a un lugar más civilizado al poco tiempo. No fue ni a Glenorchy, a unos kilómetros de distancia -que sigue siendo un caserío de pioneros tal como un siglo y un par de décadas atrás- ni tampoco a Queenstown, que en aquellos tiempos ni siquiera existía.

Las tres big aventuras. Hace un siglo la moderna e hiperactiva ciudad de Queenstown se limitaba a unas granjas y un primitivo hotel. Los maoríes, por supuesto, conocían la región pero sólo la visitaban durante breves incursiones en busca de una piedra que llaman pounamu, una variante de jade verdosa con la que hacen adornos y objetos de arte. Hoy todavía no es común cruzarse con maoríes en las calles de la ciudad, cuando en la isla norte de Nueva Zelanda se los ve integrados en todos los niveles de la sociedad.

En realidad, quien se considera el verdadero impulsor de la ciudad es un tal William Rees: la estatua que lo recuerda en el paseo lacustre del centro actual lo muestra como un hombre fornido, de expresión austera y barba abundante, al lado de un carnero. Era granjero y había venido en busca de grandes extensiones de pastura para sus rebaños. Su suerte fue mucho mejor que la de Fenn, porque al poco tiempo de llegar -en 1862- se encontró oro en los parajes de su granja y se reconvirtió a la profesión de hotelero bajo la pomposa razón social de The Queen's Arms.

Como una especie de Bariloche del Pacífico Sur, el pueblito creció poco a poco a orillas de un lago, con montañas en segundo plano en las cercanías del Paralelo 45 Sur. Mismos paisajes, nombres distintos: Wakatipu para el lago y Remarkables para la sierra.

El oro fue una fiebre, intensa pero breve. De aquellos primitivos tiempos quedan una capilla anglicana y un par de casas históricas. El resto de la ciudad es decididamente moderno y en constante construcción. Más locales, nuevas marcas, hoteles por estrenar y hasta torres de departamentos han transfigurado la orilla del lago para que la ciudad pueda ostentar sin avergonzarse su título de Capital Mundial de la Aventura.

Peter Reilly es, como la gran mayoría de los neocelandeses, un aventurero nato. No se perdería por nada un salto bungy, un salto de vuelo libre o un paseo en jetboat, los tres must-do si se pasa por aquí: "Todo es posible en Queenstown y hay más actividades que tiempo disponible cuando uno viene. Si es en invierno existen todos los deportes de nieve imaginables en cuatro centros. Y todo el año se pueden hacer paseos a caballo, mountain-bike, kayak o bien hacer trekking o escalada. Pero mis preferidos son tres: saltar desde una plataforma sobre el valle del Nevis, tirarme de un avión para unos momentos de vuelo libre y terminar con una salida en jetboat".

Un poco de memoria para empezar: Nueva Zelanda es la cuna del bungy jumping, ese loco desafío de tirarse desde las alturas al vacío con las piernas atadas a una soga elástica. El primer lugar donde esto se realizó comercialmente está no muy lejos de Queenstown, desde lo alto de un puente inhabilitado al tránsito y reconvertido en meca de la adrenalina. El Kawarau Bridge es conocido por todo buen aventurero y en verano hay hasta colas para tirarse. La plataforma del Nevis es una especie de gran hermano del anterior: como un teleférico suspendido por cables sobre el vacío de un valle.

Reilly ya se tiró del puente de Kawarau en varias ocasiones y espera con ansiedad hacerlo desde el Nevis: un pequeño paso al vacío para 8 segundos de sensaciones extremas y una caída de 130 metros. Apenas un bocadillo para lo que viene luego: un salto en tándem con un paracaidista profesional desde una avioneta, para tener una inmejorable vista sobre el lago y las montañas. Claro que no es el lugar para tirarse con los ojos cerrados. Aunque los datos inciten a hacerlo: se salta del avión a 4.500 metros de altura, la caída libre (antes de abrir el paracaídas) dura un minuto y se alcanza una velocidad de 200 por hora.

Se entiende mejor lo que quería decir Peter luego de experimentar estas sensaciones extremas. El jetboat es realmente la parte divertida del programa. Se trata de una especie de Fórmula Uno del agua. Los barcos son propulsados por turbinas y no por hélices; un invento neocelandés (como el bungy). Se puede navegar así a altas velocidades sobre aguas muy profundas y hasta pasar por encima de bancos de canto rodado. Para más sensaciones, el piloto hace dar vueltas a su barco en medio de grandes cortinas de agua.

Es como una montaña rusa, pero en medio del lago Wakatipu o sus ríos tributarios, y con las cimas nevadas de los Alpes del Sur como telón. La salida en jetboat es como la marca registrada de Queenstown. Muchas agencias la proponen y entre ellas sobresale Wilderness Safari, manejada por una comunidad maorí que ha invertido en el turismo. La salida dura varias horas y ha sido diseñada para vivir varias experiencias a la vez, con un toque de concientización hacia la naturaleza, inspirada sin lugar a duda por la cultura maorí.

Saliendo de Queenstown, se bordea el lago para llegar a los parajes del recordado Patrick Fenn. Se hace una primera parada en el pueblito de Glenorchy (cuyo nombre recuerda la obvia ascendencia escocesa de sus fundadores, ya que Glen Orchy es un valle del oeste de Escocia). Luego de ajustar chalecos salvavidas en previsión del abordaje del jetboat, se sube de nuevo a una SUV para ir a Paradise y comprobar si el truco toponímico de Patrick Fenn estaba bien fundado.

Se llega hasta las puertas del Parque Nacional del Monte Aspiring, cuya imponente cumbre ceñida de nieves eternas domina el paisaje. El guía no se resiste a la anécdota sobre el paradisíaco nombre del lugar, pero se dedica con más atención a hacer circular un anillado con fotogramas de varias películas. Porque allí mismo, al borde de un camino y las montañas vecinas, fueron filmadas varias escenas de las trilogía del Señor de los Anillos y de los Hobbits, de Wolverine y algunos comerciales, entre ellos uno para un chocolate suizo. El paraíso de montañas nevadas y verdes praderas no es un monopolio helvético.

Desde Paradise la excursión se adentra por un tiempo en la Tierra Media, con una parada en ese inquietante bosque oscuro donde espera el asiento de gruesos troncos. No hay que esperar ver kiwis en este bosque: estas curiosas aves, una especie de símbolo nacional tienen hábitos nocturnos, de modo que aparecen sólo si el bosque está aún más sumergido en las tinieblas.

A pesar de estar estrictamente protegida, la población de las distintas subespecies de kiwis se encuentra en declive. Esta ave, que dejó de volar hace millones de años, no tenía que temer a ningún predador natural en el archipiélago hasta que los colonos europeos introdujeron los primeros mamíferos, entre ellos zarigüeyas, perros y varios animales más que depredan sus huevos y cazan sus pichones.

Pero la apoteosis de la salida todavía está por llegar. Un tramo más de camionetay se llega a orillas del río Dart, que arrastra sus aguas gélidas con furia desde las montañas. El jetboat parece un apacible barco de paseo, hasta que todos están instalados y se pone en marcha. Las barandas para agarrarse están climatizadas con agua caliente. El barco alcanza los 80 kilómetros por hora en apenas unos segundos y puede realizar giros a 180° sobre el agua. De vez en cuando, el piloto se detiene para mostrar la increíble transparencia del agua. De hecho el barco parece flotar sobre un espejo cuando está inmóvil.

Durante una de las pausas, los pasajeros reciben un trozo de pounamu, el jade que tiene un alto valor simbólico para los maoríes. Es un recuerdo de aquella increíble carrera sobre las aguas y del paradisíaco paisaje del Parque Nacional Mount Aspiring y los Remarkables. La aventura termina en el muelle del pueblito de Glenorchy antes de regresar a Queenstown, donde hay mucho más para hacer. Pero como advirtió Peter Reilly varias aventuras atrás: no son las opciones lo que falta, es el tiempo.