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Mompox: un viaje al pasado

En Mompox las casas son enormes / Foto Filiberto Pinzón – El Tiempo – Colombia – GDA

En Mompox las casas son enormes / Foto Filiberto Pinzón – El Tiempo – Colombia – GDA

El puente de la Reconciliación, que tendrá 2,3 kilómetros de largo, junto al proyecto vial de 12 kilómetros de extensión, promete traer al siglo XXI a un pueblo colombiano estancado en el pasado

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Cuando el río Magdalena abandonó a Mompox, el pueblo era lo más parecido a una isla recóndita y lejana del mundo. La promesa presidencial de que muy pronto se construirá el puente más largo de Colombia, para unir a Mompox con el resto del departamento de Bolívar y Colombia, nos devuelve al siglo XXI. El puente de la Reconciliación, que tendrá 2,3 kilómetros de largo, junto al proyecto vial de 12 kilómetros de extensión, promete despertar, por fin, luego de tantos siglos de letargo, a la bella durmiente. Se construirá además el puente Santa Lucía de un kilómetro de longitud, la carretera de Isla Grande con 2,7 kilómetros de extensión y la vía que conectará el puente Roncador con el corregimiento de Bodega, de 2,9 kilómetros. Atrás quedará el largo peregrinaje de Magangué a Mompox, que se hacía en ferry.

El río se despierta ahora como una provocación emocional entre sus habitantes. Como cuando el joven García Márquez lo recorría de ida y vuelta, y llegaba a Mompox a encontrarse con su novia Mercedes Barcha, que estudiaba bachillerato en el internado del Sagrado Corazón.

Entrar a una casa en Mompox es cruzar un tiempo parecido a la pátina de un lienzo al que la lluvia no ha podido borrar sus imágenes. Las casas son enormes y en la mitad se despierta el aroma de un jardín que atraviesa las habitaciones. Flota en el fondo de los aljibes como animes juguetones, los gusarapos de la infancia.

De repente, miras el retrato de un pariente de Simón Bolívar o un ahijado del general Rafael Uribe Uribe. Descubres una espada oxidada de una guerra perdida o con la bala de cañón de una batalla, ahora, al pie de una puerta que el viento quiere cerrar. Todo allí es tan íntimo, bello y auténtico, pero, a la vez, de un anacronismo legítimo. Los retratos están pintados a mano alzada, coloreados, y tienen el aura ceremonial de los próceres de la Independencia. Las llaves que abren y cierran las puertas de las casas coloniales siguen siendo las mismas de hace trescientos años. Las ventanas conservan el diseño de los herreros iluminados.

No es de extrañar ver a una mujer casi centenaria tejiendo al atardecer, con la paciencia con que los orfebres tejen sus filigranas o los alfareros moldean la tinaja de los veranos. Todo allí es antiguo, entrañable, humano, como el vino casero de corozo o el queso de capitas que solo se vende en Mompox. Nada define mejor la hospitalidad de los momposinos como ese retrato emocional que se repite de generación en generación: “Mompox, tierra de Dios. Donde se acuesta uno y amanecen dos. Y si sopla el viento, amanecen ciento... Y si vuelve a soplar, no se puede contar”.