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Hace poco presenté un libro sobre Borges, Paz y Vargas Llosa, subtitulado Literatura y libertad. Los ensayistas que reúne se preguntan por qué esos tres escritores son excepciones a lo que ha tendido a ser la regla: que los creadores latinoamericanos sean estatistas y de izquierda. Me he quedado pensando en el tema.

Hay una razón obvia: el ser humano quiere a quien lo quiere. La derecha ha exhibido poco entusiasmo por la literatura. La izquierda ha sido más culta. Eso ha redundado en que cuando está en el poder, haya más ayuda a las artes. Por tanto en la adhesión de los escritores, hay razones tanto afectivas como económicas.

La derecha pretende ser realista y eficiente; gobernar con criterios de buena gestión, y en función de lo que es económicamente viable. La izquierda es soñadora y alegremente desordenada.

Cabe preguntarse si el pensamiento político de un gran escritor tiene mucho efecto en su obra creativa. ¿Cuán distinta habría sido la obra de un Virgilio o un Neruda si no hubieran tenido que homenajear al emperador Augusto o a Stalin? Poco distinta, creo yo.

Cuando un escritor cambia de posición política, no cambia, necesariamente, su obra misma. Un ejemplo: el de Vargas Llosa. Cuando en los años sesenta escribía Conversación en la Catedral, sobre la dictadura derechista de Odría, era, todavía, un hombre de izquierda.

Su vuelco a ideas más liberales se dio de a poco, primero por su decepción con Cuba, y después cuando leyó a Popper, Berlin y Hayek. Pero sus novelas no cambiaron. Lo demuestra La fiesta del chivo (2000), en que desenmascara la abominable dictadura derechista de Trujillo.

Algo parecido ocurre con Paz, cuando de izquierdista pasa a ser un conservador crítico del Estado. Pero Paz el poeta no cambia: sigue inmutable en su búsqueda de momentos de éxtasis, instantes de fuerte carga erótica y mística en que se detiene el tiempo y nace la poesía.