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Lisboa en 48 horas

Tranvía de Lisboa / Foto Pixabay

Tranvía de Lisboa / Foto Pixabay

Los barrios antiguos, los monumentos de la época de los descubrimientos y la zona moderna que dejó la Expo 98, para recorrer en dos días y con la nostalgia del fado como buena compañera

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Si como decía el escritor Fernando Pessoa el misterio de las cosas va por lo bajo de las piedras y los seres, entonces, en su ciudad natal Lisboa el secreto podría aparecer en esos recovecos que forman las calles adoquinadas, las subidas y las vistas al río con el trazado urbano como precipicio; en todo lo oscuro del café negro que sirven en los bares y el volátil humo del cigarrillo que todavía está permitido en los lugares cerrados; en las fachadas art nouveau de los negocios que venden dulces, licores y tabacos; en la omnipresencia de lo antiguo por todos lados y, sobre todo, en el grito nostálgico del que se vale el fado.

Es que quizás Lisboa sea, por la calidez de su gente, su clima y cierta improvisada belleza -lejos de la pulcritud y el ornamento de otras ciudades transatlánticas- la capital europea más latina. Llena de historia, su fundación data del siglo XII antes de Cristo y gran parte de su encanto se debe a la calidad de su luz. “260 días de sol en Lisboa”, dice el dicho. Y más allá de cumplirse, lo que destaca es su plenitud acompañada de un clima ameno que tuesta la piel -incluso en invierno- y desentona con otros paisajes europeos nórdicos, mucho más grises y nublados.

Ideal para románticos, amantes de la historia medieval y adeptos a la caminata -incluso en terrenos adversos como subidas y adoquines irregulares-, la capital portuguesa es una ciudad perfecta -y barata- para recorrer en dos días. Lo que sigue, un itinerario posible para hacerlo.

Día 1. Para empezar, diríjase, desde donde sea que esté a la estación de subte Terreiro do Paço. Desde allí podrá apreciar, por un lado, la bellísima vista al río Tajo -es muy recomendable darse una vueltita también al atardecer para disfrutar del colorido del cielo portugués- y, por el otro, se encontrará con la Plaza de Comercio. Espacio fundacional de la ciudad, en el centro está emplazada la estatua ecuestre del rey José I, apodado El Reformador, que evoca ese pasado glorioso en el que Portugal fue, junto con España, el país europeo de mayor dominio colonial.

En uno de los extremos de la plaza, justo frente el mar, se inicia el antiguo trazado urbano con el Arco Triunfal da Rua Augusta, el punto ideal para iniciar este recorrido. Tras una caminata que le permitirá una vista rápida por el barrio de La Baixa, será un buen momento para tomar el tranvía 28. Cuesta 2,8 euros y se puede pagar en efectivo o con la tarjeta del subte. Como suele estar repleto, cuide su billetera aunque si lo toma en su terminal en la plaza Martín Moniz no tendrá problema en conseguir un asiento junto a la ventanilla. En su trayecto, el tranvía se eleva al son del traqueteo por las colinas del barrio de Gracia, atraviesa el mítico Alfama y su última parada es una muy cercana al Castillo de San Jorge. Para visitarlo la entrada cuesta 8,5 euros y el precio definitivamente lo vale.

Desde allí no solo podrá disfrutar de unas bellísimas vistas panorámicas de la ciudad sino también adentrarse en el mundo medieval: fortificado y encañonado. Además, en una de las torres hay una cámara oscura que mediante un sistema de lentes y espejos permite ver la ciudad en tiempo real en una vista de 360° cuyas guiadas son cada media hora, alternándose en inglés, español y portugués, y permiten el ingreso de hasta 30 personas.

Tras la visita al Castillo será momento para un almuerzo. Sobre los altos hay un bellísimo restaurant que se llama Chapitô. Y si como dicen la comida entra por los ojos, la vista valdrá tanto que más allá de los sabores, el estómago seguro se sentirá más que satisfecho. El menú ofrece variedad de sopas, ensaladas, pescados y hasta hamburguesas. Además, tiene una carta de tragos y vinos muy generosa. Una parada ideal en un restaurante que, en realidad, es el sustento de la escuela de circo que existe abajo, que incluso tiene una compañía circense que organiza espectáculos y hasta produce artesanías.

Tras el almuerzo, la tarde de esta Lisboa soleada lo encontrará recorriendo Alfama y los barrios tradicionales. Como paseo especial puede caminar hasta la Fundación Saramago, donde además de disfrutar de un edificio arquitectónicamente mixturado entre lo antiguo de Lisboa y lo más moderno del diseño, encontrará una muestra con cuadernos, manuscritos, objetos personales y primeras ediciones del escritor portugués ganador del Premio Nobel en 1998.

Al atardecer la tendencia lisboeta es subir a los elevadores para disfrutar de los últimos rayos de sol bañando la ciudad. Una de las mejores vistas la proporciona el Elevador de Santa Justa que tiene 45 metros de alto y está en el corazón de otro barrio mítico: el Chiado.

Para coronar la velada es recomendable un restaurante estilo portugués que está muy lejos del turismo y el marketing. Se llama O Botequim y se emplaza en una antigua casa de fado frente a la plaza Augusto Gil, en Gracia. El salón -antigua biblioteca o sala de estar, ¿quién sabe?- comparte libros, sillones y mesas de todos los tamaños con la verborragia de los comensales y crea un ambiente algo bohemio donde hay espacio para los juegos de cartas, el humo del cigarrillo (lamentablemente se permite fumar adentro), las rondas de tragos entre amigos y una comida gustosa. Con platos típicos, abundantes y una buena relación precio-calidad, es un lugar para pedir bacalao en cualquiera de sus versiones (uno de los típicos es el bacalao con nata que, cocinado con papas y cebollas, luego se hornea con crema de leche), un inolvidable chorizo asado relleno con queso, algún trago típico y de postre, ¿por qué no? crepes con helado y caramelo.

Día 2. Para la mañana de este día la propuesta incluye un viaje en el tiempo. Un traslado sin escalas a 1998, cuando la ciudad fue sede de la Exposición Internacional. Para tal evento, cuyo tema fue Los océanos: un patrimonio para el futuro, se construyó un predio y se acondicionó la orilla oriental lisboeta. Conocida como la zona del Parque de las Naciones, el paseo ofrece una caminata con vista preciosa, jardines, variada oferta gastronómica, un viajecito en teleférico y la posibilidad de visitar el Oceanario de Lisboa. Considerado el segundo acuario más grande de Europa, está emplazado en medio de una plaza seca inmensa y tiene una arquitectura impactante, con una pecera central que se puede ver desde todas las perspectivas, rodeada de reproducciones de ecosistemas marinos de varios continentes y distintos climas. Los tickets cuestan 14 euros para adultos y 9 euros para niños de hasta 12 años, pero si los compra por Internet puede obtener un descuento de 15%.

Por la tarde habrá que volver en el tiempo para reconocer lo más grandioso de la tierra portuguesa: la época que se conoce como la de los descubrimientos. Imposible no visitar el Monasterio de los Jerónimos, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1983, y la capilla anexa en la que descansan los restos del conquistador Vasco da Gama y de los escritores Luis de Camões (quien relató las hazañas de la conquista) y Fernando Pessoa. El monasterio, encargado por el rey Manuel I para celebrar el éxito de las expediciones marítimas de conquista, contiene un simbolismo doble: el de la grandeza de Dios por un lado, y el de la de Portugal, por el otro.

Apenas a unas cuadras del monasterio podrá degustar en la confitería Pasteis de Belem de los más tradicionales pastelitos de nata (una canastita de masa de hojaldre que envuelve una crema hecha a base de yemas y azúcar perfumada con canela). Inaugurada en 1837, durante el horario de merienda suele haber colas, pero vale la pena esperar. Con varios salones, vitrinas y parte de su cocina vidriada (un buen entretenimiento para niños y curiosos) es un parate necesario para merendar antes de seguir la ruta hacia la Torre de Belém, otro de los monumentos manuelinos más importantes. Con una entrada accesible ( 6 euros), que se puede combinar con la del Monasterio, ofrece una inmersión en los sistemas de defensa del siglo XV.

Siguiendo el recorrido se encontrará, justo al lado de la Torre, con la Plaza de los Descubrimientos. Un playón inmenso coronado por un mirador-monumento a orillas del Tajo. Ideal para las fotos y los paisajes es también un buen lugar para volver a ejercer la perspectiva histórica y hacerse una idea de lo que significaban semejantes movimientos marítimos durante los siglos XV y XVI.

Para despedirse de Lisboa y llevarse consigo toda la saudade posible dedique la última noche a escuchar fado. Mitad llanto, mitad canto, los shows más tradicionales se ofrecen en varios locales del barrio de Alfama en los que, aunque no se cobra entrada, se ofrece comida típica, que, en algunos casos, puede resultar un poco cara. Pero la velada lo amerita. En ambientes íntimos, el show ofrece -vino de por medio- un espacio romántico que invita a la melancolía y dada su intensidad, a guardar en la memoria toda la Lisboa que quepa en su cuerpo.