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En Gaza, el miedo destroza los sueños infantiles

Desde que comenzó la ofensiva israelí en Gaza han muerto 192 niños, según Unicef / Cortesía de El Tiempo / Colombia / GDA

Desde que comenzó la ofensiva israelí en Gaza han muerto 192 niños, según Unicef / Cortesía de El Tiempo / Colombia / GDA

Dos historias, dos modos de vivir el miedo a la muerte en medio del conflicto entre Israel y Hamás

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‘No nos gusta vivir con bombas’

Llegar al kibutz (granja comunitaria) Alumim, ubicado a tres kilómetros de la Franja de Gaza, puede confundir. El paisaje es pastoril, el lugar meticulosamente cuidado y todo puede parecer un paraíso hasta que suenan las alarmas, que indican que un cohete disparado desde territorio palestino está en camino y caerá en 15 segundos o menos y nadie sabe dónde, por lo que todos tienen claro que deben resguardarse. 

También Eden Kaye, de 13 años, una de las niñas nacidas en el kibutz. “En cierta forma, aunque me dé tristeza decirlo, me he acostumbrado”, dice. “No es que tenga miedo cada vez que pasa algo, pero la verdad es que vivo con mucha tensión y esto me pone nerviosa. Es que no nos gusta vivir con bombas y cohetes. En realidad, lo odio”, agrega. 

Al comentarle que en el mundo se ven muchas imágenes de la destrucción en Gaza y de cantidad de civiles muertos, su rostro muestra una expresión de pesar. “Me duele mucho y no tengo dudas de que no queremos matar a nadie inocente –afirma–. El problema es que Hamás usa a sus niños como escudos, no como acá, que nos cuidan.”

“Cuando estamos en la pieza segura, estamos protegidos, pero si estamos afuera, inclusive en camino al estudio, es mucho más difícil”, dice.

Preguntada sobre sus sueños, responde que quisiera poder salir con la tranquilidad de que su familia está bien, que no tiene que preocuparse o temer que les caiga encima un cohete. “Quisiera no tener temor de que terroristas vengan al kibutz y maten gente. Quisiera estar tranquila y no como ahora”, precisa. Además de su propia seguridad, a Eden la preocupa la de su hermano, que está en el Ejército, “cerca de Gaza”.

“Lo extraño mucho (...). Sé que nos está cuidando, como todos los soldados que fueron a Gaza para tratar de solucionar la situación”, dice. Para Eden sería muy complejo tener relaciones cercanas con los vecinos, aunque le gustaría “estar en contacto con los niños de Gaza, que conozcan la otra parte”, que sepan cómo se sienten cuando hay explosiones, y también que ellos piensan que se puede vivir diferente.

‘La casa cayó y vimos que estábamos vivos’

Gaza (Efe). Al final del hospital Al Shifa, detrás del edificio donde ambulancias y enfermeros se apresuran cada pocos minutos y los portavoces de Hamás atienden a la prensa, los niños corren sin zapatillas, las mujeres cocinan lo que pueden y hombres de rostro abatido dormitan.

La mayoría llegó desde el barrio de Shahaiya, a más de dos horas a pie de distancia, tras doce horas del infierno bélico que convirtió la palabra ‘desolación’ en un vocablo fallido y obsoleto. Sin casa, sin ropa, sin enseres, con la esperanza arrancada a jirones, la familia de Zainab –pelo enmarañado, mirada pícara, cuerpo enfermizo, de hambre– emprendió una nueva huida del miedo, la tercera desde que el ejército israelí emprendió su ofensiva sobre Gaza.

Enloquecidos por el tronar de las explosiones y el fétido aroma de la muerte, abandonaron su hogar en el barrio de Zaitum, en el noroeste de la Franja, después de que un misil israelí destruyó la vivienda y la vida de su vecina, Umm Mohamad. A Zainab su madre solo le dejó coger un peluche, el que le había traído su primo al inicio del Ramadán, y a Tarek, su hermano, una de las miles de pistolas con las que los niños en Oriente Próximo crecen jugando a matar. Confiaba en que en casa de su hermana, Wadiha, en pleno corazón de Shahaiya, en el este de la ciudad de Gaza, pudieran entretenerse con los juguetes de sus primos.

“Fue como la peor de las condenas. Creí que jamás saldríamos de allí. Las bombas caían y caían, y los niños no dejaban de llorar. Nos encomendamos a Alá y le dimos las gracias cuando la casa cayó y vimos que estábamos vivos”, afirma Ibrahim, el hermano mayor.

Reducido a ceniza y escombros, con cerca del 70 por ciento de los edificios destruidos y la totalidad de las viviendas afectadas, Shahaiya es el macabro símbolo de una guerra de élites políticas que se ceba, como es habitual, con los pobres, los indefensos y los niños.

Zainab, de 5 años, aún no lo sabe, pero ya nunca más podrá volver a la habitación donde guardaba el resto de sus juguetes, pues su casa –en un barrio completamente arrasado– ya no existe.

Su hermana quizá lo intuye, y por eso, quizá también, arrastra tanto dolor en la mirada.