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Editorial de El Tiempo: Dos crisis, dos fronteras

Un funcionario colombiano ayudó a una compradora con su bebé de brazos mientras atravesaba la frontera | Foto Cortesía Policía Metropolitana de Cúcuta

Un funcionario colombiano ayudó a una compradora con su bebé de brazos mientras atravesaba la frontera | Foto Cortesía Policía Metropolitana de Cúcuta

Habrá que ser serios e ingeniosos para que la solidaridad sea una sostenible política pública

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Mientras ocurren las noticias de última hora, y se van sucediendo los titulares de prensa que se repiten por el mundo entero, van creciendo los espantosos dramas humanos. La terrible e innegable crisis que vive la sociedad venezolana de tanto en tanto deja de ser un rumor de fondo para convertirse en una noticia de última hora. Esto por cuenta de más de 15.000 hombres y de mujeres que cruzaron ayer la frontera colombo-venezolana por pura y física hambre, en busca de los productos más básicos que requiere una familia promedio para su subsistencia. Al tiempo, en otra zona limítrofe del país, en Urabá, 120 seres humanos, cubanos en su mayoría, aguardan dentro de una bodega y en condiciones lamentables alguna luz de esperanza.

Es cierto que le corresponde al gobierno enfrentar con cabeza fría este drama humano. Y aquí, como ya se dijo desde estos renglones, hay que apuntarles a las organizaciones armadas ilegales que tienen en el tráfico de migrantes una de varias fuentes de cuantiosos ingresos. En este caso hay un delito de lesa humanidad en el centro del problema, eso debe tenerse muy presente. Tampoco puede perderse de vista que el esfuerzo para neutralizar los factores que lo motivan es de carácter hemisférico. Por lo pronto, urge un entendimiento entre Colombia y Panamá para por lo menos aliviar el actual padecimiento.

Un acuerdo sobre lo principal, sobre lo humano, como el que desde el Gobierno y por intermedio de la Cancillería permitió que este fin de semana los miles de venezolanos ya mencionados cruzaran la frontera en Cúcuta en busca de lo más básico (“no tenemos comida ni medicina y hay mucha inseguridad –dijo uno de los migrantes–, y necesitamos que los países nos ayuden...”), pues ninguna ideología, ninguna crisis política de ninguna administración debería estar por encima ni convertirse en un enemigo de la salud de ningún ser humano.

Como es sabido, el gobierno de Nicolás Maduro cerró todos los pasos fronterizos con Venezuela hace ya once meses. Desde entonces, no obstante un descenso del contrabando en un 70 por ciento, se ha estado viviendo una tragedia que le ha dado al mundo terribles imágenes de su deshumanización –el hombre reclamándole al hombre sentido común, piedad–, y que reapareció en las noticias por estos días cuando miles de venezolanos hambrientos y dolidos se vieron obligados a entrar por pasos peatonales, lo que –como dijo el gobernador de Norte de Santander– tendría que llevar a la conclusión de que “es necesario y urgente que se abra la frontera de forma permanente y no a través de un corredor humanitario parcial”.

Debe prepararse Colombia, desde su gobierno, pero también desde su ciudadanía, que lucha contra el desempleo y contra la desigualdad, para que –en el caso en el que definitivamente sea abierta la frontera– se dé una gran migración de venezolanos y de colombianos residentes en Venezuela que no tienen otra opción. Se trata, por supuesto, de una crisis humanitaria que llega a la puerta de este país, una crisis en carne y hueso. Y habrá que ser serios e ingeniosos para que la solidaridad sea una sostenible política pública.