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En Durazno apuntan al necroturismo

Monumento a El Gaucho en el cementerio de Durazno

Monumento al Gaucho en el cementerio de Durazno

El cementerio duraznense, en Uruguay, tiene verdaderas reliquias de arte que datan del siglo XIX

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Una idea surgida a nivel local podría concretar la irrupción del departamento de Durazno, en Uruguay, en la nueva corriente denominada “necroturismo” o turismo de cementerios, centrada en recorrer los principales monumentos funerarios de pueblos y ciudades. La necrópolis duraznense tiene verdaderas reliquias de arte que datan de los albores del 1800.

Hay majestuosos panteones de hasta 3 metros de alto, la mayoría esculpidos en mármol y en granito. En el lugar descansan los restos de hombres, mujeres y familias ilustres, por ejemplo el médico Penza Espinelli, sepultado junto a una hija a la que no pudo salvar de una enfermedad.

“A veces tenemos muchas aprehensiones hacia los cementerios, muchas veces llegamos comprometidos con algo íntimo y personal, cuando recorremos estos lugares tenemos algo que nos duele, cuando hay seres queridos y amigos cercanos. Pero también los cementerios tienen un sentido colectivo, guardan la memoria de una sociedad y entonces tenemos también que acostumbrarnos a recorrerlos para conocer y aprender más de nuestro ser colectivo”, dijo Óscar Padrón Favre, historiador y director de Museos de la Intendencia de Durazno.

En el ingreso principal a la necrópolis duraznense, sobresale la figura del perro Gaucho, esculpida en bronce, en sus medidas naturales, realizada en homenaje a un animal que supo ganarse la simpatía y el afecto de los duraznenses y que está eternizado, gracias a una colecta popular efectuada en la década de 1980 para conseguir el bronce de la obra.

Gaucho recorrió 44 kilómetros desde Villa Carmen, su hogar, hasta el hospital de Durazno, hacia donde había sido trasladado su amo, que días después falleció.

Después de esto, el perro acudía todos los días para estar al lado de la tumba del hombre, hasta que comenzó a granjearse la simpatía de la gente, siendo recibido como “uno más” en cada casa duraznense.