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¿Cuesta abajo?

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¿Se fue Chile a las pailas? Ni el más pesimista podría asegurarlo. ¿Hay señales de que arriesga hacerlo? Ni el más optimista podría negarlo.
Durante 25 años la renacida democracia chilena evitó la emocionalidad. Consensos y acuerdos para resolver las necesidades de un Chile pobre mantuvieron a raya viscerales sentimientos. La razón se impuso a la emoción, los argumentos técnicos permearon la dura piel de los políticos. El país evitó la improvisación y el revanchismo.

La fórmula fue exitosa. Las masas fueron seducidas por logros económicos y sociales, el pueblo eligió cinco gobiernos atípicos para la región del realismo mágico y la democracia se extendió ampliamente. Lo hizo tanto que parece estar poniendo a prueba sus logros. Es que la emocionalidad de las masas es una inmensa fuente de incertidumbre.
Eric Hoffer, en The True Believer, lo analizó hace más de seis décadas. De acuerdo con el filósofo social, la pobreza y opresión no activan a las masas, sino los lentos procesos de recuperación. Por eso, estas emergen cuando lo peor ya pasó.

Los movimientos de masas tienden a ser reemplazados por otros más exuberantes, y los creyentes de verdad, por otros más radicales. Donald Trump aprovechó exitosamente el descontento social y los medios para transformar a Homero Simpson en el votante medio. Solo imaginar el impacto de la escuela del magnate en Chile pone los pelos de punta.