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Brutalidad del Estado Islámico

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Es verdad que la guerra civil en Siria e Irak se ha tornado compleja. El objetivo original de los rebeldes –derrocar a Assad al Bashar– cambió bruscamente cuando el EI instauró un califato, bajo el mando de Abu Bakr al-Baghdadi –un líder musulmán iraquí, heredero de la filial de Al Qaeda local–, contra el que luchan no solo los insurgentes sirios, apoyados por la alianza internacional, sino también el propio Bashar, quien de esta manera ha logrado resistir en el poder.

El futuro del conflicto es incierto, a pesar de que Estados Unidos intensificó los ataques aéreos contra las posiciones del EI, con los países árabes e Irán (aliado no convencional), manteniendo el respaldo a los rebeldes, a lo que se ha sumado Turquía. El gobierno turco había sido reacio a involucrarse, a pesar de que enfrentaba una emergencia humanitaria en su frontera debido a los cientos de miles de refugiados y porque consideraba que cualquier acción ayudaría a los separatistas kurdos.

Tal situación cambió, y Turquía ahora no solo atacó al EI, sino también a los guerrilleros kurdos.

La violencia y la crueldad son la marca del Estado Islámico. No es terrorismo clásico sino una estrategia política sistemática para someter y doblegar a los musulmanes y a los “infieles”, para dominar un territorio y establecer el califato.

Este supuesto intelectual musulmán formado en la Universidad de Bagdad, sigue los preceptos de Abu Bakr Naji, un ideólogo de la red terrorista Al Qaeda muerto en 2008.

Según Ahmed Rashid, un estudioso de los yihadistas, el EI no está principalmente en guerra contra el mundo occidental, sino que al interior del islam; y si decapita rehenes norteamericanos o europeos, o comete atentados en suelo occidental, lo hace en represalia por alguna acción concreta. Es una guerra entre sunitas y chiitas pero también entre el EI y los moderados, que tienen una visión más abierta de la religión.