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Berlinale 2015: Knight of Cups es una cinta radical

Protagonistas de <i>Knight of Cups</i>: Natalie Portman y Christian Bale en la Berlinare | Foto: AP

Protagonistas de Knight of Cups: Natalie Portman y Christian Bale en la Berlinare | Foto: AP

Knight of Cups es una de esas películas que dividen a la crítica. La recepción en Berlín ha sido dividida

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Los personajes, salvo una o dos veces, no hablan entre ellos, y los que se escuchan son monólogos y reflexiones sobre el amor, el deseo, la insatisfacción. Todo enmarcado en la historia de Rick (el nombre no se dice en la película, pero Christian Bale lo explicó en la conferencia de prensa), un hombre que trabaja en Hollywood (no se sabe si es actor, guionista o productor), y cuya vida lujosa es acompañada por un profundo dolor, un cierto sin sentido que el personaje buscará llenar a partir de una instropección que lo lleva a recordar la conflictiva relación entre su padre y su hermano, y también a las mujeres de su vida.

Malick es un cineasta que carga de nostalgia las situaciones: el mundo que presenta siempre está marcado por el pasado, un pasado que bien puede ser violento y doloroso, pero que es evocado siempre con melancolía. El cineasta mueve la cámara, la pega al rostro de sus personajes y utiliza los jump cuts para fragmentar el tiempo, haciendo que pasado y presente, realidad y sueño se confundan.

Y en Knight of Cups la situación es más radical todavía que en, por ejemplo, El árbol de la vida: aquí nunca se conoce hasta que punto lo que se ve es real o es parte de la instropección, si es pasado o presente. Malick mezcla todos los tiempos posibles y hace reposar su cinta en un Christian Bale deambulante y fantasmal, que mira todo con el rostro del hombre que busca una respuesta.

Ese tratamiento, en El árbol de la vida, tenía una función muy clara: generaba la sensación de recuerdo. El niño que, adulto, era encarnado por Sean Penn, recordaba a su estricto padre (Brad Pitt) con nostalgia, a pesar de su violencia. Y esa parajoda se iba creando justamente a partir de los cortes constantes y del tiempo fragmentado: el recuerdo se iba construyendo, con la carga de melancolía de aquel que mira un pasado que puede ser complicado, pero que no por eso es menos íntimo.

Pero si El árbol de la vida crea un mundo particular, en Knight of Cups el inconformismo del personaje de Bale se siente demasiado tópico y esquemático: su cansancio de la frivolidad y sus conflcitos, tanto con su padre como con las distintas mujeres que pasan por su vida, están simplemente apuntados a partir de declamaciones de los personajes, que explican la situación. De esta manera, el estilo visual característico de Malick queda como un simple añadido, como algo que está ahí para darle mayor gravedad a una situación puramente explicada, sin mayor profundidad.

El realizador repite arquetipos que se han visto muchas veces en el mundo del cine: la fiestas típicas de Hollywood, los rompimientos amorosos, los encuentros furtivos, el deseo frustrado de querer tener un hijo. Pero Malick se dedica simplemente a mostrar el lugar común, a repetir el imaginario de gravedad o frivolidad que se puede tener de tal o cual situación. Por eso, es inevitable sentir una cierta prefabricación, como si la reflexión filosófica sobre la vida y la identidad que busca hacer el cineasta estuviera demasiado calculada. No hay espontaneidad en Knight of Cups: de ahí que la mirada de Malick se sienta ilustrativa de un concepto, de una idea.

Knight of Cups es una de esas películas que dividen a la crítica. La recepción en Berlín ha sido dividida.