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La comuna y el estalinismo

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Cuenta una leyenda roja, debidamente documentada por los historiadores, que Lenin convocó a una reunión urgente a sus colaboradores más cercanos. Nadie conocía las razones de aquella extraña invitación. Al llegar el último de los invitados, la concurrencia fue reunida y recibida con una copa de champagne. Por una puerta entró Lenin con una sonrisa, levantando su copa dijo: “Camaradas, brindemos por la Comuna de París, nuestra primera inspiración, duró 72 días. Nosotros hoy cumplimos 73 en el poder. Ojalá esta, nuestra experiencia, sea eterna esperanza para los explotados del mundo, pero, por sobre todo, sea digna de orgullo para nosotros y ejemplo a seguir en el presente y el futuro, como la Comuna”. Lenin nunca perdió la esperanza revolucionaria de que algún día el reino de la libertad sepultara para siempre al reino de la necesidad.

Esta evocadora historia da cuenta de la esperanza que tenían estos hombres y mujeres en torno a la Revolución rusa. “Temían al fracaso, pero no sabían qué hacer y por dónde comenzar”, refiere S. Žižek en 20 lecciones leninistas. A estas alturas, ya sabemos qué pasó con el proyecto de los soviets, luego de la NEP y del imperio del estalinismo.

Todos conocemos la dimensión del problema que representó y sigue representando el estalinismo en cuanto obstáculo epistemológico para la construcción de un proyecto emancipador. Al punto de que algunos autores colocan las cosas de esta forma: la posibilidad de avanzar depende de la posición que adoptemos en relación con la comuna y el estalinismo. Los que tomamos partido por la comuna tenemos el deber y la responsabilidad de realizar una arqueología de los conceptos desde donde construimos nuestras prácticas. De eso se trata, de una recuperación y recreación de todas nuestras luchas. La reconstitución del imaginario libertario está presente en la esperanza contenida en cada idea, porque, como dijera Sócrates frente a la cicuta, “nada se ha logrado sin pasiones”.

En este marco nos interrogamos: ¿cuál es la suerte y la vida de los conceptos?, ¿no importa lo que ha pasado en la nueva naturaleza de nuestras luchas, así como los cambios operados al interior de la lógica del capital? De ser así, la filosofía escaparía del pensamiento crítico y no pasaría de ser un ejercicio de aburrida memorización de textos, recitada desde los pedestales de una vanguardia autoproclamada como preclara y atrincherada en las frías comodidades de la poltrona de las seguridades.

De manera que las ideas pueden tener efectos reveladores, capaces de hacerse iluminadas líneas de fuga y visibilidad, suerte de efecto de látigo, que azota las demás ideas y sensibilidades dormidas; látigo que atiza la fiera de las pasiones, y que hoy parece estar presente al calor de las luchas que en el autoproclamado mundo desarrollado se libran en las calles de Madrid, París, Roma, Manhattan, Dublín o Atenas. Desmintiendo “milagros” como el tailandés o el chileno.

Entonces, ¿cómo conceptualizar hoy el registro arqueológico de un estrato de historia como el 27-F de 1989? ¿Será que en la Venezuela de los ochenta los acontecimientos y sus protagonistas se vislumbraron a sí mismos en la línea de articulación del nuevo dispositivo de confrontación del capital, que hoy podemos llamar multitud? ¿Serían los caraqueños, acaso, precursores de los primeros indignados? En tal sentido, como anunciara Foucault, donde hay poder hay resistencia. Por eso surge la posibilidad de un modelo de democracia sin precedentes, desde una comunidad conectada en una red global, de una multitud subversiva y creativa capaz de resistir y de generar una alternativa al actual orden. El proyecto de la comuna no es uno, es multiplicidad de multiplicidades, son líneas de fuga, campos de probabilidades.